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Columnista - 28 julio, 2013

“Nony”, la de la voz bonita

Iba en su silla de ruedas detrás del féretro. Su fortaleza se desplegó y fue más grande que el temor de los hijos de decirle que su esposa había muerto; la reacción era impredecible dado que hace solo unos meses sufrió una isquemia. Marceliano, “Kiko” Ferreira Paz, dio muestra de aceptación de lo inevitable, de caballerosidad, de lucidez increíble y de enjundia, ejemplo no sólo para Jarol y Grethel, sino para los que lo acompañábamos en el adolorido momento de despedir a quien amó por encima de todo.

Boton Wpp

Por Mary Daza Orozco

Iba en su silla de ruedas detrás del féretro. Su fortaleza se desplegó y fue más grande que el temor de los hijos de decirle que su esposa había muerto; la reacción era impredecible dado que hace solo unos meses sufrió una isquemia. Marceliano, “Kiko” Ferreira Paz, dio muestra de aceptación de lo inevitable, de caballerosidad, de lucidez increíble y de enjundia, ejemplo no sólo para Jarol y Grethel, sino para los que lo acompañábamos en el adolorido momento de despedir a quien amó por encima de todo.

Cuando supo que Gloria, su Gloria, había muerto lloró silencioso en su habitación, en la que creó sueños junto con ella, comentarios sobre lo cotidiano, sobre la vida, los hijos, sobre el ser y el irse; después se fue a sentar al pie del féretro ¿a hablarle mentalmente?, ¿a pensar quién sabe en cuántos recuerdos que lo acompañarán por el resto de sus días?,¿ a  orar?, seguramente a declararle una y más veces su amor, aunque no se crea ese es un momento propicio para decir todos los te amo que no se alcanzaron a decir en vida.

Kiko, a causa del mal que lo aqueja y que está venciendo, no habla fluidamente, se le entienden algunas palabras y es fácil saber lo que quiere decir, de suerte que pidió que lo llevaran al cementerio para ver la tumba en la que iba a descansar su esposa, y fue e inspeccionó hasta quedar satisfecho, estuvo atento a todo lo que en esos momentos aturde al más sano y recibió agradecido abrazos de condolencia.

Parecerá extraño que hable de él y no de quien se fue, pero hablar del uno es hablar del otro, esa era la actitud de él que Gloria quería, ese era el discreto funeral que ella quería, esa era la gallardía de los hijos que ella quería, pero escribirle una despedida, cuando el pesar está todavía latente es muy difícil, más cuando fue una persona muy ligada a mis afectos, a mi familia, metida en los recuerdos de la juventud.

“Nony”, el dulce apodo para sus amigos; la de la voz bonita que retumbaba en el coro de la iglesia, la de poco hablar, la lectora incansable, siempre estará en los recuerdos, en la historia de las mujeres honestas de la sociedad en que vivió, en el afecto profundo de quienes la conocimos y la tratamos.

A Kiko, el de la fortaleza inimitable, a Jarol el que  se atrevió tomar las riendas del dolor y llevarlo por sendas del valor y perseverancia, a Grethel la que se sobrepuso a su propio pesar y logró con inteligencia y fe, serenidad y esperanza, a todos, mi admiración, solidaridad y satisfacción de que no se hayan derrumbado, porque nunca preguntaron ¿qué pasa?, sino que supieron entender que eso es solo la vida.

Columnista
28 julio, 2013

“Nony”, la de la voz bonita

Feel the sand on your feet, not your wardrobe weight.
Mary Daza Orozco

Iba en su silla de ruedas detrás del féretro. Su fortaleza se desplegó y fue más grande que el temor de los hijos de decirle que su esposa había muerto; la reacción era impredecible dado que hace solo unos meses sufrió una isquemia. Marceliano, “Kiko” Ferreira Paz, dio muestra de aceptación de lo inevitable, de caballerosidad, de lucidez increíble y de enjundia, ejemplo no sólo para Jarol y Grethel, sino para los que lo acompañábamos en el adolorido momento de despedir a quien amó por encima de todo.


Por Mary Daza Orozco

Iba en su silla de ruedas detrás del féretro. Su fortaleza se desplegó y fue más grande que el temor de los hijos de decirle que su esposa había muerto; la reacción era impredecible dado que hace solo unos meses sufrió una isquemia. Marceliano, “Kiko” Ferreira Paz, dio muestra de aceptación de lo inevitable, de caballerosidad, de lucidez increíble y de enjundia, ejemplo no sólo para Jarol y Grethel, sino para los que lo acompañábamos en el adolorido momento de despedir a quien amó por encima de todo.

Cuando supo que Gloria, su Gloria, había muerto lloró silencioso en su habitación, en la que creó sueños junto con ella, comentarios sobre lo cotidiano, sobre la vida, los hijos, sobre el ser y el irse; después se fue a sentar al pie del féretro ¿a hablarle mentalmente?, ¿a pensar quién sabe en cuántos recuerdos que lo acompañarán por el resto de sus días?,¿ a  orar?, seguramente a declararle una y más veces su amor, aunque no se crea ese es un momento propicio para decir todos los te amo que no se alcanzaron a decir en vida.

Kiko, a causa del mal que lo aqueja y que está venciendo, no habla fluidamente, se le entienden algunas palabras y es fácil saber lo que quiere decir, de suerte que pidió que lo llevaran al cementerio para ver la tumba en la que iba a descansar su esposa, y fue e inspeccionó hasta quedar satisfecho, estuvo atento a todo lo que en esos momentos aturde al más sano y recibió agradecido abrazos de condolencia.

Parecerá extraño que hable de él y no de quien se fue, pero hablar del uno es hablar del otro, esa era la actitud de él que Gloria quería, ese era el discreto funeral que ella quería, esa era la gallardía de los hijos que ella quería, pero escribirle una despedida, cuando el pesar está todavía latente es muy difícil, más cuando fue una persona muy ligada a mis afectos, a mi familia, metida en los recuerdos de la juventud.

“Nony”, el dulce apodo para sus amigos; la de la voz bonita que retumbaba en el coro de la iglesia, la de poco hablar, la lectora incansable, siempre estará en los recuerdos, en la historia de las mujeres honestas de la sociedad en que vivió, en el afecto profundo de quienes la conocimos y la tratamos.

A Kiko, el de la fortaleza inimitable, a Jarol el que  se atrevió tomar las riendas del dolor y llevarlo por sendas del valor y perseverancia, a Grethel la que se sobrepuso a su propio pesar y logró con inteligencia y fe, serenidad y esperanza, a todos, mi admiración, solidaridad y satisfacción de que no se hayan derrumbado, porque nunca preguntaron ¿qué pasa?, sino que supieron entender que eso es solo la vida.