Publicidad
Categorías
Categorías
Columnista - 8 marzo, 2010

Mujer y política

Por: Imelda Daza Cotes La mujer es la mitad de todo: la mitad de la pareja, de la sociedad y de la población del mundo, pero esa mitad  padece en mayor proporción los males de la humanidad. De los 1.300 millones de pobres absolutos, el 70% son mujeres.  Hemos nacido y crecido bajo la férula […]

Por: Imelda Daza Cotes
La mujer es la mitad de todo: la mitad de la pareja, de la sociedad y de la población del mundo, pero esa mitad  padece en mayor proporción los males de la humanidad. De los 1.300 millones de pobres absolutos, el 70% son mujeres.  Hemos nacido y crecido bajo la férula de un patriarcado que, sostenido sobre todo por las religiones, nos ha relegado a los papeles que se juzgan propios del sexo débil
Desde siempre le correspondió a la mujer llevar a cuestas los ingratos pero indispensables oficios domésticos que todavía hoy ningún país del mundo reconoce como parte del PIB. Todo porque no es remunerado y por eso no se puede cuantificar, aunque se estima que constituye un tercio de la producción mundial. Según la OIT, del total del tiempo trabajado por las mujeres sólo un tercio es remunerado, mientras que ¾ del trabajo masculino es asalariado.
Sin duda algo se ha avanzado en la reivindicación de los derechos pero falta mucho por hacer.  El 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer  Trabajadora, es una buena oportunidad para recordarlo y reflexionar. Desde luego, las injusticias y la desigualdad no afectan por igual a todas las mujeres. Las hay muy acomodadas al orden mundial pero es escasa minoría
En la lucha por su emancipación, la mujer ha sido víctima de la manipulación y de una suerte de avasallamiento patriarcal, que apoyados en los medios y en la moda,  tienden a esclavizarla. El afán “liberador” la ha llevado, por ejemplo, a un destape que no es más que la cosificación del cuerpo femenino para convertirlo en un objeto decorativo del paisaje social con pasarelas por donde desfilan cientos de bulímicas, anoréxicas, remodeladas a punta de cirugías e implantes que no hacen más que inocular  en sus conciencias el virus autodestructivo en aras de obtener la aprobación masculina como única recompensa. Estos modelos de belleza y de mujer, afectados por la mirada misógina de modistos (casi nunca modistas) se esmeran por ocultar a la gran mayoría de las mujeres que no son ni rubias ni escuálidas; son indígenas, asiáticas, africanas, mestizas y en todo caso más auténticas.
El enfoque de género institucionalizado ha llevado a plantear las cuotas políticas como mecanismo para permitir el acceso de la mujer al poder, a las posiciones de mando y control, y es así como varios gobiernos exhiben hoy la mitad de sus ministerios con rostros femeninos. Por supuesto no en Colombia.  Se ven también  ejecutivas de grandes empresas responsables de la crisis, presidentas que practican políticas racistas, otras que implementan como sea el neoliberalismo generador de mayores males. Es decir, en la mayoría de los casos, no en todos por suerte, las mujeres llegan al poder y participan en política para hacer lo mismo que hacen los hombres porque carecen de una mirada política femenina comprometida con la causa de la Justicia. Algunas de esas mujeres “empoderadas” promueven guerras, torturan, son políticas deshonestas, corruptas, indolentes y lucen acríticas del poder patriarcal. Todo se vuelve un mero reemplazo de un hombre por una mujer que asume el poder para proceder igual.
La verdadera liberación de la mujer tiene que pasar por la reorientación de la educación, de los conocimientos y valores que se promueven e imparten en la escuela para abolir los estereotipos discriminatorios y potenciar la formación de mujeres en igualdad de derechos.
Reivindicar a la mujer no implica, en principio, arrebatarle al hombre cuotas burocráticas. Nos corresponde ante todo cuestionar el concepto de poder, comprometernos con la defensa de nuestros derechos, luchar contra todas las formas de violencia y de discriminación, procurar una sociedad donde la procreación sea un acto libre y voluntario y donde juntas y al lado de los hombres podamos construir un mundo mejor donde prevalezca la paz y donde la justicia social permita la igualdad y el ejercicio de la fraternidad.

Columnista
8 marzo, 2010

Mujer y política

Feel the sand on your feet, not your wardrobe weight.
Imelda Daza Cotes

Por: Imelda Daza Cotes La mujer es la mitad de todo: la mitad de la pareja, de la sociedad y de la población del mundo, pero esa mitad  padece en mayor proporción los males de la humanidad. De los 1.300 millones de pobres absolutos, el 70% son mujeres.  Hemos nacido y crecido bajo la férula […]


Por: Imelda Daza Cotes
La mujer es la mitad de todo: la mitad de la pareja, de la sociedad y de la población del mundo, pero esa mitad  padece en mayor proporción los males de la humanidad. De los 1.300 millones de pobres absolutos, el 70% son mujeres.  Hemos nacido y crecido bajo la férula de un patriarcado que, sostenido sobre todo por las religiones, nos ha relegado a los papeles que se juzgan propios del sexo débil
Desde siempre le correspondió a la mujer llevar a cuestas los ingratos pero indispensables oficios domésticos que todavía hoy ningún país del mundo reconoce como parte del PIB. Todo porque no es remunerado y por eso no se puede cuantificar, aunque se estima que constituye un tercio de la producción mundial. Según la OIT, del total del tiempo trabajado por las mujeres sólo un tercio es remunerado, mientras que ¾ del trabajo masculino es asalariado.
Sin duda algo se ha avanzado en la reivindicación de los derechos pero falta mucho por hacer.  El 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer  Trabajadora, es una buena oportunidad para recordarlo y reflexionar. Desde luego, las injusticias y la desigualdad no afectan por igual a todas las mujeres. Las hay muy acomodadas al orden mundial pero es escasa minoría
En la lucha por su emancipación, la mujer ha sido víctima de la manipulación y de una suerte de avasallamiento patriarcal, que apoyados en los medios y en la moda,  tienden a esclavizarla. El afán “liberador” la ha llevado, por ejemplo, a un destape que no es más que la cosificación del cuerpo femenino para convertirlo en un objeto decorativo del paisaje social con pasarelas por donde desfilan cientos de bulímicas, anoréxicas, remodeladas a punta de cirugías e implantes que no hacen más que inocular  en sus conciencias el virus autodestructivo en aras de obtener la aprobación masculina como única recompensa. Estos modelos de belleza y de mujer, afectados por la mirada misógina de modistos (casi nunca modistas) se esmeran por ocultar a la gran mayoría de las mujeres que no son ni rubias ni escuálidas; son indígenas, asiáticas, africanas, mestizas y en todo caso más auténticas.
El enfoque de género institucionalizado ha llevado a plantear las cuotas políticas como mecanismo para permitir el acceso de la mujer al poder, a las posiciones de mando y control, y es así como varios gobiernos exhiben hoy la mitad de sus ministerios con rostros femeninos. Por supuesto no en Colombia.  Se ven también  ejecutivas de grandes empresas responsables de la crisis, presidentas que practican políticas racistas, otras que implementan como sea el neoliberalismo generador de mayores males. Es decir, en la mayoría de los casos, no en todos por suerte, las mujeres llegan al poder y participan en política para hacer lo mismo que hacen los hombres porque carecen de una mirada política femenina comprometida con la causa de la Justicia. Algunas de esas mujeres “empoderadas” promueven guerras, torturan, son políticas deshonestas, corruptas, indolentes y lucen acríticas del poder patriarcal. Todo se vuelve un mero reemplazo de un hombre por una mujer que asume el poder para proceder igual.
La verdadera liberación de la mujer tiene que pasar por la reorientación de la educación, de los conocimientos y valores que se promueven e imparten en la escuela para abolir los estereotipos discriminatorios y potenciar la formación de mujeres en igualdad de derechos.
Reivindicar a la mujer no implica, en principio, arrebatarle al hombre cuotas burocráticas. Nos corresponde ante todo cuestionar el concepto de poder, comprometernos con la defensa de nuestros derechos, luchar contra todas las formas de violencia y de discriminación, procurar una sociedad donde la procreación sea un acto libre y voluntario y donde juntas y al lado de los hombres podamos construir un mundo mejor donde prevalezca la paz y donde la justicia social permita la igualdad y el ejercicio de la fraternidad.