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Columnista - 21 abril, 2010

La revolución de los girasoles

Por: Pedro Medellín Torres Colombia vive un cambio político y cultural trascendente. La irrupción de miles de jóvenes en la política que apoyan a Antanas Mockus, a través de las llamadas redes sociales, y el trabajo espontáneo de artistas, estudiantes, empleados y ciudadanos antes apáticos que ahora quieren aportar su grano de arena a la […]

Por: Pedro Medellín Torres

Colombia vive un cambio político y cultural trascendente. La irrupción de miles de jóvenes en la política que apoyan a Antanas Mockus, a través de las llamadas redes sociales, y el trabajo espontáneo de artistas, estudiantes, empleados y ciudadanos antes apáticos que ahora quieren aportar su grano de arena a la campaña presidencial de los verdes, no sólo están poniendo en evidencia una novedosa forma de movilización electoral. También está revelando cuán profunda es la transformación política y social del país.
Es la consecuencia del agotamiento colectivo con la manera como se ha gobernado el país. Así como reaccionaron cuando el presidente Pastrana llevó al límite el modelo de salida negociada con las Farc, ahora los colombianos están haciendo saber que no quieren más el modelo clientelista que sostuvo la “gobernabilidad” de Uribe.
Sin darse cuenta de los costos en que incurrían, Pastrana y Uribe tensaron al máximo las cuerdas de la institucionalidad política del país. Uno, haciendo concesiones a las Farc, en presencia militar, administración de justicia y gestión territorial en 42.000 km2. El otro, llevando al límite el orden jurídico. “El fin justifica los medios”, fue el principio que llevó al Gobierno a aceptar todo tipo de concesiones y favores, a cambio de que le aseguraran permanencia en el poder y le dejaran las manos libres para combatir la guerrilla como fuera.
Pero el agotamiento no se produjo al vacío. Mientras los gobiernos llevaban las instituciones al límite, la sociedad colombiana vivía un cambio acelerado. Al tiempo que más de 20 millones de colombianos entraban en la era del Internet, el país urbano era sometido a compleja tensión. Mientras que los gobiernos de Bogotá y Medellín contribuían a crear un imaginario colectivo en el que era posible gobernar decentemente, el fenómeno del desplazamiento revelaba la conversión de las ciudades en el nuevo refugio de millones de campesinos que huían o eran expulsados de sus parcelas. Gobernantes y gobernados locales cada vez más se vieron ante la necesidad de ofrecer respuestas frente a la magnitud y brutalidad de la guerra.
Por eso, después de 12 años, los colombianos no sólo comienzan a ver que ni las concesiones de la distensión ni los 450.000 soldados y policías de la guerra han sido suficientes para poner fin al conflicto armado. También han entendido que los costos han sido demasiado altos. Y los mecanismos irregulares (cuando no ilegales) que han usado política o militarmente los gobiernos han terminado por despedazar la moral pública.
“La ilegalidad es la causa de nuestros problemas”, es el principio que comienza a convertirse en el nuevo referente de los colombianos. La compra del voto, la evasión de impuestos, etc., empiezan a reconocerse como los verdaderos objetos para combatir. Así como Uribe hace ocho años supo reconocer el agotamiento de los colombianos con la contemporización de la dirigencia colombiana con las Farc, ahora Mockus ha sabido reconocer el rechazo de los colombianos al clientelismo y los sistemas de favores.
Es el país que el 4 de febrero del 2008 se movilizó a través de las redes sociales para marchar contra las Farc. Ese día, millones de colombianos le infligieron uno de los más duros golpes que haya recibido la guerrilla en sus 50 años de existencia. Sin disparar un solo tiro, sin movilizar un solo soldado, ciudadanos desarmados, actuando solidariamente, logran arrinconar a las Farc hasta dejarla sin aire.
Es el mismo país que hoy se está movilizando para arrinconar y dejar sin aire a esa clase política que no ha sabido entender lo que sucede, ni ha podido ofrecer una manera decente de hacer la política y gobernar el país. Por eso están forzando al máximo la máquina de la movilización electoral a través de las redes sociales.

Es el principio de una revolución de los girasoles, en la que millones de colombianos, sin disparar un solo tiro, sin ofender al otro, quieren renunciar a estar armados, rechazar las trampas y cumplir las leyes, por absurdas que les parezcan. Están haciendo su mayor esfuerzo para construir un nuevo país en el que todo sea posible.

Columnista
21 abril, 2010

La revolución de los girasoles

Feel the sand on your feet, not your wardrobe weight.
Pedro Medellín Torres

Por: Pedro Medellín Torres Colombia vive un cambio político y cultural trascendente. La irrupción de miles de jóvenes en la política que apoyan a Antanas Mockus, a través de las llamadas redes sociales, y el trabajo espontáneo de artistas, estudiantes, empleados y ciudadanos antes apáticos que ahora quieren aportar su grano de arena a la […]


Por: Pedro Medellín Torres

Colombia vive un cambio político y cultural trascendente. La irrupción de miles de jóvenes en la política que apoyan a Antanas Mockus, a través de las llamadas redes sociales, y el trabajo espontáneo de artistas, estudiantes, empleados y ciudadanos antes apáticos que ahora quieren aportar su grano de arena a la campaña presidencial de los verdes, no sólo están poniendo en evidencia una novedosa forma de movilización electoral. También está revelando cuán profunda es la transformación política y social del país.
Es la consecuencia del agotamiento colectivo con la manera como se ha gobernado el país. Así como reaccionaron cuando el presidente Pastrana llevó al límite el modelo de salida negociada con las Farc, ahora los colombianos están haciendo saber que no quieren más el modelo clientelista que sostuvo la “gobernabilidad” de Uribe.
Sin darse cuenta de los costos en que incurrían, Pastrana y Uribe tensaron al máximo las cuerdas de la institucionalidad política del país. Uno, haciendo concesiones a las Farc, en presencia militar, administración de justicia y gestión territorial en 42.000 km2. El otro, llevando al límite el orden jurídico. “El fin justifica los medios”, fue el principio que llevó al Gobierno a aceptar todo tipo de concesiones y favores, a cambio de que le aseguraran permanencia en el poder y le dejaran las manos libres para combatir la guerrilla como fuera.
Pero el agotamiento no se produjo al vacío. Mientras los gobiernos llevaban las instituciones al límite, la sociedad colombiana vivía un cambio acelerado. Al tiempo que más de 20 millones de colombianos entraban en la era del Internet, el país urbano era sometido a compleja tensión. Mientras que los gobiernos de Bogotá y Medellín contribuían a crear un imaginario colectivo en el que era posible gobernar decentemente, el fenómeno del desplazamiento revelaba la conversión de las ciudades en el nuevo refugio de millones de campesinos que huían o eran expulsados de sus parcelas. Gobernantes y gobernados locales cada vez más se vieron ante la necesidad de ofrecer respuestas frente a la magnitud y brutalidad de la guerra.
Por eso, después de 12 años, los colombianos no sólo comienzan a ver que ni las concesiones de la distensión ni los 450.000 soldados y policías de la guerra han sido suficientes para poner fin al conflicto armado. También han entendido que los costos han sido demasiado altos. Y los mecanismos irregulares (cuando no ilegales) que han usado política o militarmente los gobiernos han terminado por despedazar la moral pública.
“La ilegalidad es la causa de nuestros problemas”, es el principio que comienza a convertirse en el nuevo referente de los colombianos. La compra del voto, la evasión de impuestos, etc., empiezan a reconocerse como los verdaderos objetos para combatir. Así como Uribe hace ocho años supo reconocer el agotamiento de los colombianos con la contemporización de la dirigencia colombiana con las Farc, ahora Mockus ha sabido reconocer el rechazo de los colombianos al clientelismo y los sistemas de favores.
Es el país que el 4 de febrero del 2008 se movilizó a través de las redes sociales para marchar contra las Farc. Ese día, millones de colombianos le infligieron uno de los más duros golpes que haya recibido la guerrilla en sus 50 años de existencia. Sin disparar un solo tiro, sin movilizar un solo soldado, ciudadanos desarmados, actuando solidariamente, logran arrinconar a las Farc hasta dejarla sin aire.
Es el mismo país que hoy se está movilizando para arrinconar y dejar sin aire a esa clase política que no ha sabido entender lo que sucede, ni ha podido ofrecer una manera decente de hacer la política y gobernar el país. Por eso están forzando al máximo la máquina de la movilización electoral a través de las redes sociales.

Es el principio de una revolución de los girasoles, en la que millones de colombianos, sin disparar un solo tiro, sin ofender al otro, quieren renunciar a estar armados, rechazar las trampas y cumplir las leyes, por absurdas que les parezcan. Están haciendo su mayor esfuerzo para construir un nuevo país en el que todo sea posible.