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Columnista - 8 marzo, 2010

La mujer actual

MI COLUMNA Por: Mary Daza Orozco Hoy es el Día de la Mujer, hay homenajes, condecoraciones a las más distinguidas y se escuchan los más vidriosos discursos feministas. En un escrito sobre la mujer actual, se lee que  la mujer se ha olvidado de su naturaleza y de lo que realmente es. En cuanto a […]

MI COLUMNA

Por: Mary Daza Orozco

Hoy es el Día de la Mujer, hay homenajes, condecoraciones a las más distinguidas y se escuchan los más vidriosos discursos feministas.
En un escrito sobre la mujer actual, se lee que  la mujer se ha olvidado de su naturaleza y de lo que realmente es. En cuanto a ese pensamiento vemos que más que logros importantes, la mujer se preocupa por convertir palabras que tienen ancestros masculino llenas de elegancia para que se conviertan en femeninas, llegando a extremos de aceptar “detectivas”  o “cabas” por cabos (de la Policía o el Ejército), o al saludar a un auditorio no decir el clásico señores, porque prima el ella y ellos, llegando a los extremos a que llegó un político cuando saludó: “tolimenses y tolimensas”. Son logros irrelevantes, mientras allá, detrás del asfalto, la dignidad de ser mujer se refunde con la pobreza infinita, el analfabetismo y el cuadro de hijos que más tarde van a engrosar las filas de la delincuencia.
Hoy en lugar del Feliz Día, hay que replantearse ¿cuál es el papel de la mujer que combina hogar con servicio a los demás, hogar con fama, hogar con el mundo galante, y ese replanteamiento no se puede detener en veleidades como ellas y ellos, en la llamada guerra de los sexos. Lo que ha llamado Ángela Gilardi, “En la mujer y el nuevo paradigma femenino” el feminismo paranoico: dice que estamos tan obsesionados con la igualdad y los derechos femeninos que nos hemos transformado en conspiradoras paranoicas y resentidas. Nos asusta tanto convertirnos en la mujer detrás del hombre o a la izquierda de la mesa, que hemos perdido el centro. Que hoy para nosotras llevarle un vaso de agua a un hombre representa mucho más que un favor, es servilismo, sometimiento, desigualdad.
Sí, porque vivimos supervisando todos los gestos como si fuéramos la Santa Inquisición Feminista, así: si nos regalan una licuadora, nos están mandando a la cocina, si nos abren la puerta, nos sugieren que somos débiles, si no nos cuentan algo no nos dan nuestro lugar; si nos consultan todo nos ponen en el papel de madre; en fin, hasta si nos piden una camisa limpia, nos están diciendo siervas, esclavas, lacayas. Es el feminismo paranoico.
En un escrito de la Universidad Panamericana de Guadalajara, Méjico, se lee que  la igualdad llega cuando nos comportamos como iguales, cuando olvidemos el estereotipo y el mandato; que no tenemos que elegir nada, que no tenemos que odiar el delineador o el labial para ser inteligentes; que no tenemos que ser célibes para ser valientes o más libertad para ser modernas, y concluye: que somos mujeres y podemos tenerlo todo, lo mejor de ambos mundos; las empanaditas que venden en la esquina o un doctorado; el ascenso en el trabajo o la mesa de juego con las amigas; una familia grande o una familia de dos, podemos elegir todo y eso es igualdad.
La feminidad ya no se puede limitar a la sensibilidad, a la pasividad y a la maternidad, es eso y más; es tener consciencia de que debemos establecer el valor de lo interno y la afirmación de todo lo que es, es decir, redescubrir la capacidad creadora y transformadora que tenemos, aceptar cuales son las diferencias con el hombre en lugar de identificarse con ellos o combatirlos, hay que buscar la posición básica, esencia femenina, que está dentro de la mujer no dentro del hombre.
Cada día trabajar por ser diferentes para bien, pero ser diferentes no es perder los valores que nos inculcaron y que hemos practicado; no es tratar de ser como toda la gente sino hacer la diferencia y no ser manipuladas por la moda, por los medios; debemos ser únicas, no ser una persona heterogénea que actúa con las mismas conductas de los demás, hay que sobresalir pero sin que se pierdan los valores, esos que nos hacen felices y estar en paz con el universo donde actuamos, del que somos parte.

Columnista
8 marzo, 2010

La mujer actual

Feel the sand on your feet, not your wardrobe weight.
Mary Daza Orozco

MI COLUMNA Por: Mary Daza Orozco Hoy es el Día de la Mujer, hay homenajes, condecoraciones a las más distinguidas y se escuchan los más vidriosos discursos feministas. En un escrito sobre la mujer actual, se lee que  la mujer se ha olvidado de su naturaleza y de lo que realmente es. En cuanto a […]


MI COLUMNA

Por: Mary Daza Orozco

Hoy es el Día de la Mujer, hay homenajes, condecoraciones a las más distinguidas y se escuchan los más vidriosos discursos feministas.
En un escrito sobre la mujer actual, se lee que  la mujer se ha olvidado de su naturaleza y de lo que realmente es. En cuanto a ese pensamiento vemos que más que logros importantes, la mujer se preocupa por convertir palabras que tienen ancestros masculino llenas de elegancia para que se conviertan en femeninas, llegando a extremos de aceptar “detectivas”  o “cabas” por cabos (de la Policía o el Ejército), o al saludar a un auditorio no decir el clásico señores, porque prima el ella y ellos, llegando a los extremos a que llegó un político cuando saludó: “tolimenses y tolimensas”. Son logros irrelevantes, mientras allá, detrás del asfalto, la dignidad de ser mujer se refunde con la pobreza infinita, el analfabetismo y el cuadro de hijos que más tarde van a engrosar las filas de la delincuencia.
Hoy en lugar del Feliz Día, hay que replantearse ¿cuál es el papel de la mujer que combina hogar con servicio a los demás, hogar con fama, hogar con el mundo galante, y ese replanteamiento no se puede detener en veleidades como ellas y ellos, en la llamada guerra de los sexos. Lo que ha llamado Ángela Gilardi, “En la mujer y el nuevo paradigma femenino” el feminismo paranoico: dice que estamos tan obsesionados con la igualdad y los derechos femeninos que nos hemos transformado en conspiradoras paranoicas y resentidas. Nos asusta tanto convertirnos en la mujer detrás del hombre o a la izquierda de la mesa, que hemos perdido el centro. Que hoy para nosotras llevarle un vaso de agua a un hombre representa mucho más que un favor, es servilismo, sometimiento, desigualdad.
Sí, porque vivimos supervisando todos los gestos como si fuéramos la Santa Inquisición Feminista, así: si nos regalan una licuadora, nos están mandando a la cocina, si nos abren la puerta, nos sugieren que somos débiles, si no nos cuentan algo no nos dan nuestro lugar; si nos consultan todo nos ponen en el papel de madre; en fin, hasta si nos piden una camisa limpia, nos están diciendo siervas, esclavas, lacayas. Es el feminismo paranoico.
En un escrito de la Universidad Panamericana de Guadalajara, Méjico, se lee que  la igualdad llega cuando nos comportamos como iguales, cuando olvidemos el estereotipo y el mandato; que no tenemos que elegir nada, que no tenemos que odiar el delineador o el labial para ser inteligentes; que no tenemos que ser célibes para ser valientes o más libertad para ser modernas, y concluye: que somos mujeres y podemos tenerlo todo, lo mejor de ambos mundos; las empanaditas que venden en la esquina o un doctorado; el ascenso en el trabajo o la mesa de juego con las amigas; una familia grande o una familia de dos, podemos elegir todo y eso es igualdad.
La feminidad ya no se puede limitar a la sensibilidad, a la pasividad y a la maternidad, es eso y más; es tener consciencia de que debemos establecer el valor de lo interno y la afirmación de todo lo que es, es decir, redescubrir la capacidad creadora y transformadora que tenemos, aceptar cuales son las diferencias con el hombre en lugar de identificarse con ellos o combatirlos, hay que buscar la posición básica, esencia femenina, que está dentro de la mujer no dentro del hombre.
Cada día trabajar por ser diferentes para bien, pero ser diferentes no es perder los valores que nos inculcaron y que hemos practicado; no es tratar de ser como toda la gente sino hacer la diferencia y no ser manipuladas por la moda, por los medios; debemos ser únicas, no ser una persona heterogénea que actúa con las mismas conductas de los demás, hay que sobresalir pero sin que se pierdan los valores, esos que nos hacen felices y estar en paz con el universo donde actuamos, del que somos parte.