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Columnista - 10 mayo, 2010

La magia del Vallenato

EL TINAJERO Por: José Atuesta Mindiola No hay un barranquillero, que se sienta profundamente currambero,  que no ame  a su ciudad y al Carnaval; de la misma manera no hay un vallenato, que se siente verdaderamente vallenato,  que no ame a Valledupar y disfrute el Festival; por eso, aquí también decimos: “quién lo vive, es […]

EL TINAJERO


Por: José Atuesta Mindiola

No hay un barranquillero, que se sienta profundamente currambero,  que no ame  a su ciudad y al Carnaval; de la misma manera no hay un vallenato, que se siente verdaderamente vallenato,  que no ame a Valledupar y disfrute el Festival; por eso, aquí también decimos: “quién lo vive, es quien lo goza”.

Los vallenatos, además  del privilegio  de  nacer en una tierra bendecida por Dios para la música y el canto, tenemos uno de los mejores escenarios de Colombia para presenciar  espectáculos de música popular. Quien entra al Parque de la Leyenda y escucha a los grandes intérpretes de la música vallenata, queda encantado y desea volver.

En el alma de todo vallenato hay expresiones de agradecimiento a Dios por las canciones de los maestros Tobías Enrique Pumarejo, Rafael Escalona, Leandro Díaz, Armando Zabaleta, Luciano Gullo Fragoso, Gustavo Gutiérrez, Freddy Molina, Carlos Huertas, Dagoberto López, Rosendo Romero, Roberto Calderón, Hernando Marín, Sergio Moya, Santander Durán y Aurelio Núñez. Todos ellos representan por antonomasia el emporio musical de la región Vallenata-Guajira, cuna del vallenato.

Quien en el Festival se pierde el embeleso de observar siquiera una ronda del concurso infantil de los acordeoneros, es difícil que entienda el concepto de dinastía musical. Algo similar pasa con los acordeoneros juveniles y aficionados. Quá emoción placentera produce ver a tres hermanos, los Arrieta Ramos, del departamento de Sucre, participar tocando los tres instrumentos en la categoría de aficionado. Y a la postre, con merecidos honores, quedaron en el segundo lugar.  O ver, al profesor, músico  y decimero Ricardo Olea, que desde Buenavista (Córdoba) trajo a cuatro de sus pupilos a participar en la categoría juvenil y de aficionado. Esa es la fiesta: una celebración de la vida. Una hermandad de canto y poesía para reafirmar que en el alma hay un esplendor de paz y alegría.

La música es un don que Dios le regala a unos seres escogidos; es un talento natural que se perfecciona con la disciplina, la práctica y el aprendizaje que se obtiene de verdaderos maestros.  Nadie se hace poeta, si no nace con la predisposición genética de auscultar  los senderos de las metáforas. Nadie se hace cantante, si no nace con la lira en su garganta para regalarle al viento la eufonía de su voz.

En la tarima ‘Colacho Mendoza’ del Parque de la Leyenda, el 29 de abril, decía el acordeonero y compositor Omar Geles ‘El Diablito’, cuando iniciaba su presentación: “Gracias a Dios por los dones que me dio”, y  trataba de cantar. Pero él muy bien sabe  que sus dones para la música son dos: tocar acordeón y componer. Debe seguir cultivando esos dones, porque el cantar  no es su fuerte. Aunque algunos aduladores le hayan hecho creer que canta, respetuosamente, como admirador de su ejecución en el acordeón  y de muchas de sus canciones, le sugiero que pida asesorías a los maestros del canto, no a sus fanáticos (porque ellos generalmente ven con los ojos miopes de la emoción). Su gran obra musical se puede disminuir con su interpretación, porque su voz no es para cantar.


DÉCIMA DE LA SEMANA

La cosa estuvo muy seria
del tránsito en Valledupar,
porque en pleno Festival
hacía prueba a alcoholemia,
y parecía una epidemia
de choferes sancionados
y carros enchiverados
se sumaban a la lista;
vallenatos y turistas
quedaron muy preocupados.

Columnista
10 mayo, 2010

La magia del Vallenato

Feel the sand on your feet, not your wardrobe weight.
José Atuesta Mindiola

EL TINAJERO Por: José Atuesta Mindiola No hay un barranquillero, que se sienta profundamente currambero,  que no ame  a su ciudad y al Carnaval; de la misma manera no hay un vallenato, que se siente verdaderamente vallenato,  que no ame a Valledupar y disfrute el Festival; por eso, aquí también decimos: “quién lo vive, es […]


EL TINAJERO


Por: José Atuesta Mindiola

No hay un barranquillero, que se sienta profundamente currambero,  que no ame  a su ciudad y al Carnaval; de la misma manera no hay un vallenato, que se siente verdaderamente vallenato,  que no ame a Valledupar y disfrute el Festival; por eso, aquí también decimos: “quién lo vive, es quien lo goza”.

Los vallenatos, además  del privilegio  de  nacer en una tierra bendecida por Dios para la música y el canto, tenemos uno de los mejores escenarios de Colombia para presenciar  espectáculos de música popular. Quien entra al Parque de la Leyenda y escucha a los grandes intérpretes de la música vallenata, queda encantado y desea volver.

En el alma de todo vallenato hay expresiones de agradecimiento a Dios por las canciones de los maestros Tobías Enrique Pumarejo, Rafael Escalona, Leandro Díaz, Armando Zabaleta, Luciano Gullo Fragoso, Gustavo Gutiérrez, Freddy Molina, Carlos Huertas, Dagoberto López, Rosendo Romero, Roberto Calderón, Hernando Marín, Sergio Moya, Santander Durán y Aurelio Núñez. Todos ellos representan por antonomasia el emporio musical de la región Vallenata-Guajira, cuna del vallenato.

Quien en el Festival se pierde el embeleso de observar siquiera una ronda del concurso infantil de los acordeoneros, es difícil que entienda el concepto de dinastía musical. Algo similar pasa con los acordeoneros juveniles y aficionados. Quá emoción placentera produce ver a tres hermanos, los Arrieta Ramos, del departamento de Sucre, participar tocando los tres instrumentos en la categoría de aficionado. Y a la postre, con merecidos honores, quedaron en el segundo lugar.  O ver, al profesor, músico  y decimero Ricardo Olea, que desde Buenavista (Córdoba) trajo a cuatro de sus pupilos a participar en la categoría juvenil y de aficionado. Esa es la fiesta: una celebración de la vida. Una hermandad de canto y poesía para reafirmar que en el alma hay un esplendor de paz y alegría.

La música es un don que Dios le regala a unos seres escogidos; es un talento natural que se perfecciona con la disciplina, la práctica y el aprendizaje que se obtiene de verdaderos maestros.  Nadie se hace poeta, si no nace con la predisposición genética de auscultar  los senderos de las metáforas. Nadie se hace cantante, si no nace con la lira en su garganta para regalarle al viento la eufonía de su voz.

En la tarima ‘Colacho Mendoza’ del Parque de la Leyenda, el 29 de abril, decía el acordeonero y compositor Omar Geles ‘El Diablito’, cuando iniciaba su presentación: “Gracias a Dios por los dones que me dio”, y  trataba de cantar. Pero él muy bien sabe  que sus dones para la música son dos: tocar acordeón y componer. Debe seguir cultivando esos dones, porque el cantar  no es su fuerte. Aunque algunos aduladores le hayan hecho creer que canta, respetuosamente, como admirador de su ejecución en el acordeón  y de muchas de sus canciones, le sugiero que pida asesorías a los maestros del canto, no a sus fanáticos (porque ellos generalmente ven con los ojos miopes de la emoción). Su gran obra musical se puede disminuir con su interpretación, porque su voz no es para cantar.


DÉCIMA DE LA SEMANA

La cosa estuvo muy seria
del tránsito en Valledupar,
porque en pleno Festival
hacía prueba a alcoholemia,
y parecía una epidemia
de choferes sancionados
y carros enchiverados
se sumaban a la lista;
vallenatos y turistas
quedaron muy preocupados.