CULTURA

La infancia que vivimos

Tomás Jacinto Daza Pichón y Rudecindo Daza Vega, acordeoneros, eran de Carmen Díaz, padre y tío respectivamente. De parte de Zuleta Baquero, ahí sí que había de todo: músicos de orquestas, narradores, poetas, repentistas y pare de contar; este enmarañado gen estaba incrustado en cada uno de los descendientes en algún sentido, esto lograría convertirse en la fortaleza dinástica más sólida del folclor provinciano, con individualidades de perfiles prominentes en cada expresión artística.

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Parafraseando a García Márquez, hay que vivir para contarla, nada más cierto. Si no hubiese sido por las circunstancias que el destino nos determina, no me atrevería a escribir una palabra sobre los hermanos Zuleta, no tendría ningún compromiso con la historia de los historiadores, del oficio musical, en su más fina expresión.

A comienzos de la mitad del siglo XX, en la casa solariega de la familia Zuleta Díaz en Villanueva – Guajira, compartimos vecindad, necesidades, ambiciones artísticas, la niñez en el entorno barriotero de San Luis, las enseñanzas musicales del fragor parrandero de Emiliano Zuleta Baquero, más tarde con Emiliano Alcides el compadrazgo espiritual, con Tomás Alfonso, casi el nacimiento; sólo diez días marcan la diferencia de edad de Poncho con quien esto escribe, vine al mundo el 8 de septiembre de 1948 y él llegó el 18 del mismo mes y año, con la misma partera en una distancia de 80 metros, motivo por el cual no entiendo porque algunos periodistas en sus escritos y emisiones, suelen quitarle 365 días de su existencia; claro, duda, que al cantante le encanta, porque cuando la expresan en su presencia, aflora su sonrisa bandida y guiña el ojo izquierdo, además, en los últimos tiempos conllevamos los encuentros del recuerdo con María, Fabio y Carmen Emilia.

Del entorno florido, faunístico, y bucólico del Cerro Pintao de Villanueva, Urumita y La Jagua del Pilar; se derivaría el léxico inicial de ese corredor sonoro, que con el tiempo sería reflejado en obras antológicas del lenguaje vallenato; florecería el mismo idioma en todos los serranos villanueveros de la época, aprehendido por circunstancias y actividades similares; nos entendíamos hablando de: chupaflor, mirla, tigrillo, águila, helecho, sierra, despulpadora, guazalé, gavilán, pionío, guama, aguacate, enjalma, “chenga”, armadillo, candelero, los tres reyes, las tres marías, cafetal, troja, gallinero, manantial, cotorra, neblina, montaña, bastimento, cueva, nido, cóndor, cauquero, trapiche, mula, cabañuelas, cosecha, rula, barbacoa, guarda, canasto, guacamaya, duendes, “ardita”, “aburrío”, caracolí, dominico, fogón, malanga, chirrinchero, espanto, cacería, pascuas, monitos, sendero, “jolón”, paloma jaulera, monte, chapucero y un sinnúmero de palabras que encontraron melodía, métrica, mensaje e interlocutores, dispuestos a defender con alma, vida y corazón estas expresiones musicalizadas.

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