La última vez que estuve con mi papá fue el 6 de enero de 1997. Pasó a verme porque cumplía 10 años de edad. Él vivía en Barrancas, sur de La Guajira, y yo, a una hora de camino, en La Paz, Cesar, con mi mamá, mi abuela, mi bisabuelo y dos tíos. Olía a la misma colonia de siempre, una fragancia dulce que he llevado viva en la memoria y no he vuelto a percibir en ningún otro hombre. Su voz era de tono medio y su acento guajiro genuino: desabrochado y de palabras recortadas. Era de tez tan blanca que a veces parecía rojiza.
Mi papá, Luis López Peralta, era concejal de su pueblo, Barrancas. Yo ignoraba el significado de su cargo. También sabía que, como buen guajiro, era mujeriego y debido a ello somos ocho hermanos de distintas madres, aparte de mi mamá.
Trabajaba de día y de noche. Poseía tanto carisma como un cantor popular de nuestra tierra y era bonachón. Para aquel año aspiraba a la Alcaldía del municipio con una amplia opción de ganar. Había sacado la segunda votación más alta en las últimas elecciones para el Concejo Municipal. Su eslogan era “Nací, vivo y aquí me quedo”.











