24 abril, 2011

La enfermedad cesarense

Por: Antonio Hernández Gamarra1 Cuando en una economía se expande de manera rápida un sector exportador, el aumento en la oferta de divisas puede revaluar la moneda nacional. Eso afecta negativamente otros sectores exportadores y a los productores de bienes nacionales que no se destinan al comercio internacional. Si a ello se le suma que […]

Por: Antonio Hernández Gamarra1

Cuando en una economía se expande de manera rápida un sector exportador, el aumento en la oferta de divisas puede revaluar la moneda nacional. Eso afecta negativamente otros sectores exportadores y a los productores de bienes nacionales que no se destinan al comercio internacional.

Si a ello se le suma que el proceso puede generar expectativas de mayor revaluación, tendencias inflacionarias y la transitoriedad del auge exportador, se configuran los síntomas y los efectos de lo que los profesores Corden y Neary, en su escrito del Economic Journal de 1982, bautizaron como la enfermedad holandesa, para ejemplificar lo que le había sucedido a esta economía a raíz de un rápido crecimiento de sus exportaciones de petróleo.

Desde entonces, el fenómeno ha sido ampliamente documentado respecto de muchas economías nacionales y, en nuestro caso, la teoría ha servido para explicar los efectos de la bonanza cafetera de mediados de los años setenta, los impactos de la explotación petrolera a raíz de los descubrimientos de hidrocarburos en Caño Limón, Cusiana y Cupiagua durante los años ochenta, y, en un contexto de más largo plazo, el efecto del auge cafetero sobre el crecimiento de las demás regiones del país.

Lo que poco se ha investigado son los impactos que el reciente auge de la explotación de recursos de hidrocarburos y de carbón ha tenido sobre la economía de las regiones donde se explotan esos recursos naturales.

Se sabe que en Casanare, Arauca, Meta, La Guajira y en Cesar – para mencionar los casos más connotados – la producción agrícola y ganadera ha sido desplazada por el petróleo y por el carbón, y que la escasa industria antes existente está en franco retroceso. Consecuencias típicas de la llamada enfermedad holandesa.

De lo que no se habla es del impacto sobre el empleo en esas regiones. Cuando se inician esas explotaciones se crea la falsa expectativa de un aumento de los empleos bien remunerados, lo cual fomenta la migración de una población escasamente calificada, que al cabo de un tiempo -frente a la realidad de la demanda por empleo de las compañías minero-energéticas- entra a las filas del desempleo abierto o de la economía del rebusque. Un fenómeno que se acentúa por la pérdida de empleo en las actividades económicas tradicionales.
Tampoco se menciona el incremento de la desigualdad ni de las secuelas sociales que ello trae consigo, las cuales se agrandan por las tropelías que los buscadores de rentas fáciles suelen cometer para apropiarse de los recursos de las regalías.

En el caso del Cesar, la enfermedad holandesa ha tenido unas connotaciones que se acentúan por el desinterés de las autoridades nacionales en hacer que las compañías que explotan el carbón reparen el daño ambiental que han causado.

Ese panorama sombrío podría llamarse la enfermedad cesarense. Para su cura se requiere la creación de una ciudadanía -formada e informada- que entienda que la explotación del carbón no tiene por qué ser la maldición que ha sido hasta ahora. Lo cual pasa por obligar a los gobernantes a que inviertan bien el producto de las regalías -que se verán reducidas a una quinta parte o menos en virtud de la reforma constitucional en curso en el congreso- y por procurar que la producción del carbón esté ligada a otras actividades económicas y no sea un simple enclave.

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