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Columnista - 7 marzo, 2010

La distancia entre Dios y el Hombre

PALABRAS DE VIDA ETERNA Por: Marlon Javier Domínguez, Pbro. En ocasiones anteriores hemos hecho mención de la religiosidad del ser humano: el hombre es, por naturaleza, un ser religioso. Vayamos hoy un poco más allá de esa afirmación. A lo largo de la historia el ser humano no solamente ha hecho conciencia de que existe […]

PALABRAS DE VIDA ETERNA

Por: Marlon Javier Domínguez, Pbro.

En ocasiones anteriores hemos hecho mención de la religiosidad del ser humano: el hombre es, por naturaleza, un ser religioso. Vayamos hoy un poco más allá de esa afirmación.

A lo largo de la historia el ser humano no solamente ha hecho conciencia de que existe Alguien superior a él, sino también de que entre él y ese Ser Supremo existe un abismo infranqueable. Dios es fuerte, el hombre es débil; Dios es grande, el hombre es pequeño; Dios lo puede todo, el hombre experimenta su impotencia frente a las más variadas circunstancias cada día; Dios es inmortal, el ser humano conoce su fin y tiembla de solo considerarlo; Dios es ilimitado, el hombre convive con sus limitaciones; Dios es Santo, el ser humano es pecador.

Hay entre Dios y el hombre una diferencia infinita. En la religión el Ser Supremo resulta ser inaccesible y, además, adorado y servido exclusivamente por temor. La Sagrada Escritura manifiesta esta realidad con expresiones como: “Nadie puede ver a Dios y seguir viviendo”, o como la que viene puesta en labios de Pedro en la narración de su llamado: “Aléjate de mí, Señor, que soy un pecador”. Quizá sea la conciencia de la grandeza de Dios o la certeza de la propia indignidad o ambas cosas lo que lleva al hombre a estas consideraciones…

Ahora bien, ¿Qué hace Dios?, ¿Le agrada ser servido por temor?, ¿Somos acaso sus juguetes con los que se divierte en horas de ocio? Si esto es así, la idea de un Dios bueno no pasa de ser simplemente eso, una idea. Pero la realidad es otra: Dios es amor en sí mismo y nos ha creado con el único objetivo de compartir su amor. Sabe que nos separa un abismo infranqueable para el hombre y por eso Él mismo lo franquea. Para decirlo con las bellas palabras de la teología: “El Eterno entra en el tiempo, el Todo se esconde en la parte, Dios asume el rostro del hombre”.

Dios no se queda a la otra orilla del abismo que nos separa de Él, sino que viene a nuestro encuentro; por eso, ante la humilde confesión del asombrado Pedro (“Aléjate de mí, Señor, que soy un pecador”) me imagino a Jesús levantándole de los brazos y mirándole a los ojos al tiempo que le decía: “No temas, desde hoy serás pescador de hombres”.

Además, hemos de notar que Dios es infinitamente paciente: Muchas veces cuando Él se acerca nosotros nos alejamos, pero no por eso deja de insistir y de esperar; en ocasiones nuestra fe sucumbe, pero Él sigue creyendo en nosotros; con frecuencia nuestra vida no produce los frutos que debería, pero Él aguarda y aún nos llena de sus dones soñando siempre con un futuro en el que podamos responder con nuestra vida a su infinito amor.
Al contrario de nosotros que queremos resultados aquí y ahora en cualquier ámbito de nuestra vida, que indiscriminadamente juzgamos a quien se equivoca y a quien no produce lo esperado, al contrario de nosotros, Dios es Paciente: “El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres”, afirmó Benedicto XVI.

Correo: [email protected]

Columnista
7 marzo, 2010

La distancia entre Dios y el Hombre

Feel the sand on your feet, not your wardrobe weight.
Marlon Javier Domínguez

PALABRAS DE VIDA ETERNA Por: Marlon Javier Domínguez, Pbro. En ocasiones anteriores hemos hecho mención de la religiosidad del ser humano: el hombre es, por naturaleza, un ser religioso. Vayamos hoy un poco más allá de esa afirmación. A lo largo de la historia el ser humano no solamente ha hecho conciencia de que existe […]


PALABRAS DE VIDA ETERNA

Por: Marlon Javier Domínguez, Pbro.

En ocasiones anteriores hemos hecho mención de la religiosidad del ser humano: el hombre es, por naturaleza, un ser religioso. Vayamos hoy un poco más allá de esa afirmación.

A lo largo de la historia el ser humano no solamente ha hecho conciencia de que existe Alguien superior a él, sino también de que entre él y ese Ser Supremo existe un abismo infranqueable. Dios es fuerte, el hombre es débil; Dios es grande, el hombre es pequeño; Dios lo puede todo, el hombre experimenta su impotencia frente a las más variadas circunstancias cada día; Dios es inmortal, el ser humano conoce su fin y tiembla de solo considerarlo; Dios es ilimitado, el hombre convive con sus limitaciones; Dios es Santo, el ser humano es pecador.

Hay entre Dios y el hombre una diferencia infinita. En la religión el Ser Supremo resulta ser inaccesible y, además, adorado y servido exclusivamente por temor. La Sagrada Escritura manifiesta esta realidad con expresiones como: “Nadie puede ver a Dios y seguir viviendo”, o como la que viene puesta en labios de Pedro en la narración de su llamado: “Aléjate de mí, Señor, que soy un pecador”. Quizá sea la conciencia de la grandeza de Dios o la certeza de la propia indignidad o ambas cosas lo que lleva al hombre a estas consideraciones…

Ahora bien, ¿Qué hace Dios?, ¿Le agrada ser servido por temor?, ¿Somos acaso sus juguetes con los que se divierte en horas de ocio? Si esto es así, la idea de un Dios bueno no pasa de ser simplemente eso, una idea. Pero la realidad es otra: Dios es amor en sí mismo y nos ha creado con el único objetivo de compartir su amor. Sabe que nos separa un abismo infranqueable para el hombre y por eso Él mismo lo franquea. Para decirlo con las bellas palabras de la teología: “El Eterno entra en el tiempo, el Todo se esconde en la parte, Dios asume el rostro del hombre”.

Dios no se queda a la otra orilla del abismo que nos separa de Él, sino que viene a nuestro encuentro; por eso, ante la humilde confesión del asombrado Pedro (“Aléjate de mí, Señor, que soy un pecador”) me imagino a Jesús levantándole de los brazos y mirándole a los ojos al tiempo que le decía: “No temas, desde hoy serás pescador de hombres”.

Además, hemos de notar que Dios es infinitamente paciente: Muchas veces cuando Él se acerca nosotros nos alejamos, pero no por eso deja de insistir y de esperar; en ocasiones nuestra fe sucumbe, pero Él sigue creyendo en nosotros; con frecuencia nuestra vida no produce los frutos que debería, pero Él aguarda y aún nos llena de sus dones soñando siempre con un futuro en el que podamos responder con nuestra vida a su infinito amor.
Al contrario de nosotros que queremos resultados aquí y ahora en cualquier ámbito de nuestra vida, que indiscriminadamente juzgamos a quien se equivoca y a quien no produce lo esperado, al contrario de nosotros, Dios es Paciente: “El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres”, afirmó Benedicto XVI.

Correo: [email protected]