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Columnista - 19 febrero, 2010

La dimensión religiosa del ser humano

Por: Rodrigo López Barros A propósito de la Cuaresma, que se ha iniciado, la antropología cristiana postula como verdad apodíctica, necesaria, la existencia de Dios, un único Ser Creador del Cosmos, de la materia y del espíritu, dotado de inteligencia y voluntad infinitas, de amor absolutamente omnicomprensivo, Padre incondicional del género humano, al que llama […]

Por: Rodrigo López Barros

A propósito de la Cuaresma, que se ha iniciado, la antropología cristiana postula como verdad apodíctica, necesaria, la existencia de Dios, un único Ser Creador del Cosmos, de la materia y del espíritu, dotado de inteligencia y voluntad infinitas, de amor absolutamente omnicomprensivo, Padre incondicional del género humano, al que llama a una vida natural,  y sobrenatural eterna consigo, y al que se manifiesta de múltiples maneras.

Ahora, a todos los hombres, sus hijos, les acumula los temas centrales de la existencia humana: La vida y la muerte, el bien y el mal, el sentido de todas las cosas, el destino último.

Tales temas, sin embargo, no son exclusivos del cristianismo. La religiosidad humana ha sido considerada también por la sabiduría filosófica de todos los tiempos, que ha buscado la justificación de la existencia en un único Dios, fundamento de la realidad y cumplimiento de nuestra aspiración a la felicidad.

Estas mismas ideas han sido manifestadas, por la historia del arte en todas las edades.

De las criaturas materiales a Dios. El intelecto humano puede conocer la existencia de Dios con base en el mundo creado, a través de las criaturas materiales y de la persona humana, a lo cual suele llamarse “pruebas”, no en sentido de las ciencias experimentales, sino en el de argumentación filosófica convergente y convincente. Dichas “pruebas”, empero, solo pueden abarcar un aspecto concreto o dimensión de la realidad absoluta de Dios: “partiendo del movimiento y del devenir, de la contingencia, del orden y de la belleza del mundo se puede llegar a conocer a Dios como origen y fin del universo”.

Con todo, la riqueza y la inconmensurabilidad de Dios son tales que ninguna de las “pruebas o vías” por sí misma puede llegar a una imagen completa de Dios, sino solamente a alguna faceta de ella, existencia, inteligencia, providencia, etc.

Las “cinco vías” de Santo Tomás. Para su comprensión se precisa conocer algunos elementos de metafísica. Las primeras dos “vías” proponen la idea de que las cadenas causales (paso de la potencia al acto, paso de la causa eficiente al efecto) que observamos en la naturaleza no pueden proseguir en el pasado hasta el infinito, sino que deben apoyarse en un primer motor y sobre una primera causa; la tercera, partiendo de la observación de la contingencia y limitación de los entes naturales deduce que su causa debe ser un Ente incondicionado y necesario; la cuarta, considerando los grados de perfección participada que se encuentran en las cosas, deduce la existencia de una fuente para todas estas perfecciones; la quinta, observando el orden y el finalismo presentes en el mundo, consecuencia de las especificidades y estabilidad de sus leyes, deduce la existencia de una inteligencia ordenadora, que sea también causa final de todo.

Para comprenderlas es necesario partir de un conocimiento de las cosas basadas en el realismo (en contraposición a formas de pensamiento ideológico), y que no reduzcan el conocimiento de la realidad solamente al plano empírico experimental (evitando el reduccionismo antológico), así que el pensamiento humano puede, ascender de los efectos visibles a las causas invisibles (afirmación de pensamiento metafísico).

Además el conocimiento de Dios es accesible al sentido común, pensamiento filosófico espontáneo que ejercita todo ser humano, como resultado de la experiencia existencial de cada uno: la maravilla ante la belleza y el orden de la naturaleza, la gratitud por el don gratuito de la vida, el fundamento y la razón del bien y del amor.

Santo Tomás, termina sus “cinco vías” unificándolas con la afirmación: “y esto es a lo que todos llaman Dios”.

En nuestra fe cristiana, Las Sagradas Escrituras y el Magisterio de la Iglesia, confirman que el intelecto humano puede llegar hasta el conocimiento de la existencia de Dios Creador, partiendo de las criaturas. Pero advierten que el pecado y las malas disposiciones morales pueden hacer más difícil este reconocimiento.

Columnista
19 febrero, 2010

La dimensión religiosa del ser humano

Feel the sand on your feet, not your wardrobe weight.
Rodrigo López Barros

Por: Rodrigo López Barros A propósito de la Cuaresma, que se ha iniciado, la antropología cristiana postula como verdad apodíctica, necesaria, la existencia de Dios, un único Ser Creador del Cosmos, de la materia y del espíritu, dotado de inteligencia y voluntad infinitas, de amor absolutamente omnicomprensivo, Padre incondicional del género humano, al que llama […]


Por: Rodrigo López Barros

A propósito de la Cuaresma, que se ha iniciado, la antropología cristiana postula como verdad apodíctica, necesaria, la existencia de Dios, un único Ser Creador del Cosmos, de la materia y del espíritu, dotado de inteligencia y voluntad infinitas, de amor absolutamente omnicomprensivo, Padre incondicional del género humano, al que llama a una vida natural,  y sobrenatural eterna consigo, y al que se manifiesta de múltiples maneras.

Ahora, a todos los hombres, sus hijos, les acumula los temas centrales de la existencia humana: La vida y la muerte, el bien y el mal, el sentido de todas las cosas, el destino último.

Tales temas, sin embargo, no son exclusivos del cristianismo. La religiosidad humana ha sido considerada también por la sabiduría filosófica de todos los tiempos, que ha buscado la justificación de la existencia en un único Dios, fundamento de la realidad y cumplimiento de nuestra aspiración a la felicidad.

Estas mismas ideas han sido manifestadas, por la historia del arte en todas las edades.

De las criaturas materiales a Dios. El intelecto humano puede conocer la existencia de Dios con base en el mundo creado, a través de las criaturas materiales y de la persona humana, a lo cual suele llamarse “pruebas”, no en sentido de las ciencias experimentales, sino en el de argumentación filosófica convergente y convincente. Dichas “pruebas”, empero, solo pueden abarcar un aspecto concreto o dimensión de la realidad absoluta de Dios: “partiendo del movimiento y del devenir, de la contingencia, del orden y de la belleza del mundo se puede llegar a conocer a Dios como origen y fin del universo”.

Con todo, la riqueza y la inconmensurabilidad de Dios son tales que ninguna de las “pruebas o vías” por sí misma puede llegar a una imagen completa de Dios, sino solamente a alguna faceta de ella, existencia, inteligencia, providencia, etc.

Las “cinco vías” de Santo Tomás. Para su comprensión se precisa conocer algunos elementos de metafísica. Las primeras dos “vías” proponen la idea de que las cadenas causales (paso de la potencia al acto, paso de la causa eficiente al efecto) que observamos en la naturaleza no pueden proseguir en el pasado hasta el infinito, sino que deben apoyarse en un primer motor y sobre una primera causa; la tercera, partiendo de la observación de la contingencia y limitación de los entes naturales deduce que su causa debe ser un Ente incondicionado y necesario; la cuarta, considerando los grados de perfección participada que se encuentran en las cosas, deduce la existencia de una fuente para todas estas perfecciones; la quinta, observando el orden y el finalismo presentes en el mundo, consecuencia de las especificidades y estabilidad de sus leyes, deduce la existencia de una inteligencia ordenadora, que sea también causa final de todo.

Para comprenderlas es necesario partir de un conocimiento de las cosas basadas en el realismo (en contraposición a formas de pensamiento ideológico), y que no reduzcan el conocimiento de la realidad solamente al plano empírico experimental (evitando el reduccionismo antológico), así que el pensamiento humano puede, ascender de los efectos visibles a las causas invisibles (afirmación de pensamiento metafísico).

Además el conocimiento de Dios es accesible al sentido común, pensamiento filosófico espontáneo que ejercita todo ser humano, como resultado de la experiencia existencial de cada uno: la maravilla ante la belleza y el orden de la naturaleza, la gratitud por el don gratuito de la vida, el fundamento y la razón del bien y del amor.

Santo Tomás, termina sus “cinco vías” unificándolas con la afirmación: “y esto es a lo que todos llaman Dios”.

En nuestra fe cristiana, Las Sagradas Escrituras y el Magisterio de la Iglesia, confirman que el intelecto humano puede llegar hasta el conocimiento de la existencia de Dios Creador, partiendo de las criaturas. Pero advierten que el pecado y las malas disposiciones morales pueden hacer más difícil este reconocimiento.