MISCELÁNEA Por: Luis Augusto González Pimienta En la diaria consulta en la red tropecé con la historia de David Owen. De él se dice que fue un médico neurólogo y político inglés que llegó a ser ministro de Asuntos Exteriores y fundador del partido Socialdemócrata de su país. Lo llamativo del personaje fue la publicación […]
MISCELÁNEA
Por: Luis Augusto González Pimienta
En la diaria consulta en la red tropecé con la historia de David Owen. De él se dice que fue un médico neurólogo y político inglés que llegó a ser ministro de Asuntos Exteriores y fundador del partido Socialdemócrata de su país.
Lo llamativo del personaje fue la publicación de un libro en el que describió el síndrome de Hybris, que ataca a aquellos gobernantes que mientras disfrutan de las mieles del poder se sienten dioses y una vez pierden el mando se deprimen porque sus sucesores no atienden sus instrucciones. Pasan de la megalomanía a la paranoia sin solución de continuidad.
Se cuenta que fueron los griegos quienes primero usaron el término “hybris” para definir al héroe victorioso que, ebrio de poder, se comporta como un dios. De allí que al síndrome de Hybris se le llame también “la borrachera del poder”.
Como síntoma especial de este mal se señala la incapacidad del gobernante de escuchar las opiniones diversas. No consulta sus decisiones porque siempre las cree correctas y lícitas, así después cuestione a los demás por el mismo proceder. Lo que en el dios chiquito es válido, no lo es en sus contradictores. Lo que en su tiempo es acertado, después no lo es. Cuando se vale de todas las herramientas a su alcance su actuación es legítima, mas si lo hace su sucesor, es indebida.
Todo comienza, al decir de Owen, en el momento en que el gobernante se rodea de aduladores que magnifican su mandato, hasta llevarlo a pensar que era el indicado para ejercer el poder y que precisamente por eso está ahí. El destino se encargó de situarlo en el lugar exacto a la hora justa.
En una segunda etapa llega a un estado de egolatría exagerada, propia de un iluminado, que lo hace creerse infalible e insustituible. La persona o institución que no esté de acuerdo con él pasa a ser su enemiga personal y debe ser exhibida públicamente como traidora a la patria. Usa toda la maquinaria del Estado y a sus escribidores de cabecera para rebatir las ideas contrarias y para desprestigiar a sus objetantes.
Al quedar huérfano de poder sufre por la voltereta de sus áulicos que persiguen reacomodarse en el nuevo mandato. Reclama abnegada sujeción a sus órdenes, como si todavía tuviera súbditos. Se sume en un profundo abatimiento, envejece con inusitada rapidez, se torna hosco, se impacienta, rabia, trina, y hasta les niega el saludo a sus antiguos aliados. No soporta la dejación, el abandono. Es un rey sin corona reclamando un trono perdido.
Casos emblemáticos de líderes que adolecieron del mal de Hybris lo fueron Winston Churchill en Inglaterra y George Bush (padre) en Estados Unidos. Lo que no se puede afirmar, con sereno juicio, es que todos aquellos gobernantes cuya progenie arriba al mismo cargo han sufrido de la borrachera del poder, como López Pumarejo o Pastrana Borrero, por ejemplo. La historia se encargará de calificarlos.
Lo que sí no se puede perder de vista es que el síndrome de Hybris en su fase final conduce a la paranoia, que es una perturbación mental que requiere ser atendida profesionalmente.
Quien conozca a algún exgobernante del orden nacional, departamental o municipal que presente estos síntomas, y lo quiera sinceramente, debería aconsejarle asistencia médica especializada. De paso podría prevenir a los que terminan sus mandatos este 31 de diciembre de las perversas consecuencias de la soberbia.
MISCELÁNEA Por: Luis Augusto González Pimienta En la diaria consulta en la red tropecé con la historia de David Owen. De él se dice que fue un médico neurólogo y político inglés que llegó a ser ministro de Asuntos Exteriores y fundador del partido Socialdemócrata de su país. Lo llamativo del personaje fue la publicación […]
MISCELÁNEA
Por: Luis Augusto González Pimienta
En la diaria consulta en la red tropecé con la historia de David Owen. De él se dice que fue un médico neurólogo y político inglés que llegó a ser ministro de Asuntos Exteriores y fundador del partido Socialdemócrata de su país.
Lo llamativo del personaje fue la publicación de un libro en el que describió el síndrome de Hybris, que ataca a aquellos gobernantes que mientras disfrutan de las mieles del poder se sienten dioses y una vez pierden el mando se deprimen porque sus sucesores no atienden sus instrucciones. Pasan de la megalomanía a la paranoia sin solución de continuidad.
Se cuenta que fueron los griegos quienes primero usaron el término “hybris” para definir al héroe victorioso que, ebrio de poder, se comporta como un dios. De allí que al síndrome de Hybris se le llame también “la borrachera del poder”.
Como síntoma especial de este mal se señala la incapacidad del gobernante de escuchar las opiniones diversas. No consulta sus decisiones porque siempre las cree correctas y lícitas, así después cuestione a los demás por el mismo proceder. Lo que en el dios chiquito es válido, no lo es en sus contradictores. Lo que en su tiempo es acertado, después no lo es. Cuando se vale de todas las herramientas a su alcance su actuación es legítima, mas si lo hace su sucesor, es indebida.
Todo comienza, al decir de Owen, en el momento en que el gobernante se rodea de aduladores que magnifican su mandato, hasta llevarlo a pensar que era el indicado para ejercer el poder y que precisamente por eso está ahí. El destino se encargó de situarlo en el lugar exacto a la hora justa.
En una segunda etapa llega a un estado de egolatría exagerada, propia de un iluminado, que lo hace creerse infalible e insustituible. La persona o institución que no esté de acuerdo con él pasa a ser su enemiga personal y debe ser exhibida públicamente como traidora a la patria. Usa toda la maquinaria del Estado y a sus escribidores de cabecera para rebatir las ideas contrarias y para desprestigiar a sus objetantes.
Al quedar huérfano de poder sufre por la voltereta de sus áulicos que persiguen reacomodarse en el nuevo mandato. Reclama abnegada sujeción a sus órdenes, como si todavía tuviera súbditos. Se sume en un profundo abatimiento, envejece con inusitada rapidez, se torna hosco, se impacienta, rabia, trina, y hasta les niega el saludo a sus antiguos aliados. No soporta la dejación, el abandono. Es un rey sin corona reclamando un trono perdido.
Casos emblemáticos de líderes que adolecieron del mal de Hybris lo fueron Winston Churchill en Inglaterra y George Bush (padre) en Estados Unidos. Lo que no se puede afirmar, con sereno juicio, es que todos aquellos gobernantes cuya progenie arriba al mismo cargo han sufrido de la borrachera del poder, como López Pumarejo o Pastrana Borrero, por ejemplo. La historia se encargará de calificarlos.
Lo que sí no se puede perder de vista es que el síndrome de Hybris en su fase final conduce a la paranoia, que es una perturbación mental que requiere ser atendida profesionalmente.
Quien conozca a algún exgobernante del orden nacional, departamental o municipal que presente estos síntomas, y lo quiera sinceramente, debería aconsejarle asistencia médica especializada. De paso podría prevenir a los que terminan sus mandatos este 31 de diciembre de las perversas consecuencias de la soberbia.