Desde que me acuerdo, siempre he sido un muchacho que le interesa lo que pase en su alrededor. Constantemente hago esfuerzos por entender lo que pasa y el por qué sucede. Siete años atrás, cursando el grado once en la I.E Rafael Valle Meza, me generaba mucha curiosidad cómo funcionaba y se componía el sistema económico, y político de mi municipio, del departamento y del país.
Quería entender por qué las conversaciones eran las mismas acerca de una voluntad política muy pobre para atender las necesidades del pueblo, para escuchar y brindar las oportunidades que muchos pedían a gritos. En charlas de viejos se decía que la inseguridad era lo que iba a acabar con el poquito de tranquilidad que quedaba, y cuando ya no quedaba más nada de lo cual quejarse, cerraban con aquel dicho popular “está maluco el bejuco”.
Desde antes de graduarme como bachiller, elegí el programa de Economía como próximo objetivo académico, quería entender un poco más de lo que sucedía en mi contexto. Así que, con apoyo de mi familia, me fui a estudiar mi pregrado a la Universidad del Magdalena. Me comencé a educar y poco a poco fui resolviendo incógnitas que me albergaban: por qué existe tanta gente sin un “trabajito”, cuáles eran las principales fuentes de empleo, por qué se hablaba de pocas oportunidades, cuáles son los números para medir la seguridad, qué significa ver tanta gente en el “rebusque” diario, cómo era la administración de los recursos públicos y por qué estaba tan maluco el bejuco si, según los dirigentes, todo estaba bien.









