Por: José Gregorio Guerrero R
Era lunes santo. Ese día los feligreses escucharon la primera y la segunda misa un poco apretados; la tercera, antes de la procesión en peores condiciones, cada uno le respiraba en la nuca al otro para poder estar cerca del santo. El humor se hizo uno solo, viajó por el aire, atravesó la insignificante puerta ubicada al sur del púlpito, hasta llegar a la casa cural donde estaba el padre Becerra sorbiendo un tinto fuerte y caliente con clavito de olor, para dar inicio a la primera misa.
“Ya no cabe un alma más” coligió después de percibir el olor a gente en desorden. Pablo Arias Molina (el cuerpo humano más liberal que mis ojos vieron) desde que dejó de laborar en Acuadelma no lo visitaba, ahora le había prometido ir con la condición de que Belisario Betancourt no le cumpliera al país, y que su gobierno fuera catastrófico. Muchas veces lo escuche decir que en el fondo Dios era liberal; y hasta sentí creerle el día que el presidente conservador le entregó el mandato a Virgilio Barcos. Esa tarde un fuerte nubarrón proveniente de la Sierra Nevada blindaba la atmosfera vallenata, pero el aguacero se devolvió por donde vino de tal manera que el sol brilló lo que restaba de su horario habitual en occidente. “El Santo tiene cara de estar cansado” le comentó preocupado Mahoma a Yiya su mejer pero ella despreocupada le respondió “eso es cuestión de costumbre y ya él tiene la experiencia”.
La fe al igual que el olor a gente en desorden era una sola, cada uno llevaba su milagro en mente. Efraín Adárraga ofreció caminar la procesión sin pronunciar una palabra (tarea difícil para él) iba preocupado porque había tenido un sueño, en donde se había visto subir al cielo con unas alas inmensas prestadas; lo preocupaba el mal estado del plumaje, no el hecho en si de subir al cielo, eso le comento a los hermanos nieves “Peyeye y Secre” en la misa del domingo de ramos. Jhovany, el hijo de Mahoma y Yiya se preparaba para su próxima pilatuna, no le dijo nada a nadie, todo lo llevaba fríamente calculado; pero cuando la procesión tomo rumbo a la carrera novena, Jhovany saca del bolsillo del pantalón una jeringa recargada de aceite , entonces en medio de la multitud caminante, apunta a la cara del santo y con el pulgar accionó el émbolo y el aceite cae perfecto: sobre el rostro del santo; a los pocos segundos “La Piva” que su única petición era que la belleza del cielo no embelesara Jaime para que la siguiera pensando de la misma forma que lo hacia en tierra firme grita: “el santo está llorando, el santo está llorando” la estampida fue fulminante, el santo quedó íngrimo en la puerta del cementerio central, y el padre becerra impávido y a la vez enardecido de ver la debilidad de un pueblo; esto a manera de comentario, en el fondo Becerra nunca compartió las idolatrías imprudentes.
Cuando reinició la procesión Efraín rompió su silencio, y le dice al “Secre”: el ángel tenia que ser mala persona, para tener esas alas tan descuidadas.
Feliz fin de semana
El día que el Santo lloró
Por: José Gregorio Guerrero R Era lunes santo. Ese día los feligreses escucharon la primera y la segunda misa un poco apretados; la tercera, antes de la procesión en peores condiciones, cada uno le respiraba en la nuca al otro para poder estar cerca del santo. El humor se hizo uno solo, viajó por el […]
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