17 junio, 2015

In memoriam de Crispin Villazón de Armas

Quiero preceder mis palabras, deshilvanando un hilo conductor histórico: Cuando mi padre murió, a quien Crispín admiró y quiso mucho, escribió para el periódico EL PILÓN un cálido artículo intitulado: “Ha muerto el último hidalgo”. Ese escrito ahora renueva mi alma. Nuevamente muchas gracias, gran Crispín. No obstante su inteligencia privilegiada, era un hombre extremadamente […]

Quiero preceder mis palabras, deshilvanando un hilo conductor histórico: Cuando mi padre murió, a quien Crispín admiró y quiso mucho, escribió para el periódico EL PILÓN un cálido artículo intitulado: “Ha muerto el último hidalgo”. Ese escrito ahora renueva mi alma. Nuevamente muchas gracias, gran Crispín.
No obstante su inteligencia privilegiada, era un hombre extremadamente llano y concreto; y así confían ser estas palabras, familiares, y breves.

Desde muy jóven tuvo un talento singularmente lúcido, que le permitió interesarse por la vida pública del país, primero como hijo del antiguo departamento del Magdalena y luego como padre co-creador del departamento del Cesar. De aquél había sido Secretario del despacho de la Gobernación y Representante a la cámara, senador de la República y Secretario General del Senado. También fue alcalde de Valledupar. Ministro del despacho presidencial. Embajador de la República. Muere siendo directivo de la Federación Nacional de Cafeteros, destino que desempeñó sin duda, sobre todo, inspirado por su amor a la patria chica, amor muy grande, Pueblo Bello y a su finca cafetalera La Carolina. Como hombre de pensamientos y acciones en favor de sus conciudadanos, dan fe los respectivos anales administrativos.

Tengo predilección por pensar sobre todo, a aquel periodo de su vida en el que fue líder, el primero al frente de los estudiantes universitarios que combatieron y derribaron el gobierno militar de hecho del general Gustavo Rojas Pinilla. En esas jornadas memorables y gloriosas, el país tuvo la oportunidad de observar, admirar y aplaudir la inteligencia brillante y el verbo elocuente del jóven valduparense, y desde entonces nunca más el país ha vuelto a tener un gobierno militar.

No obstante lo dicho, desde mi perspectiva personal lo pienso como un hombre a quien no le interesó el poder político mundanista, de modo egoísta, y cuando lo tuvo siempre lo puso al servicio de sus conciudadanos, sin interés personal ni parcialidades de familia; esto lo puso a salvo del vicio de la corrupción, lo cual a todos consta. Se interesaba más por el bien público que por el bien práctico personal. En este sentido su vida fue aséptica, y auténtica.

Muchos de sus conocimientos los adquirió de manera experimental, como un terrero tozudo, al lado, por supuesto, de su ciencia enteramente intelectiva; no era simplemente el conocedor de un oficio, de unos oficios, de una profesión liberal, técnica, sino poseedor de una cultura más amplia, la de un humanista.
Todo ese bagaje experimental e intelectual siempre lo puso a disposición de su patria, chica y grande, y quienes lo conocieron y trataron se prendaron de su natural sabiduría y acogida sencilla, sin pretensiones de ninguna naturaleza; pues cada quien es como es y no deja de serlo. Su elevada inteligencia no lo hacía soberbio sino manso.

Sus reflexiones intimas le permitieron distinguir entre el hombre y el significado profundo de persona. Entre el mundo que lo rodeó y su vida personal, la suya. A ésta le dió autonomía total, enamorado como era del valor de la libertad personal y respetuoso de la de los demás. De tal manera que no adhirió simplemente a las contingencias y circunstancias que el mundo le deparaba, sino que siempre mantuvo en sus manos las riendas de su voluntad creadora del deber, así en las variadas facetas de su laboriosidad privada como en los asuntos del Estado. Era un liberal nato.
Ciertamente, la corporeidad humana se puede diseccionar, se puede descomponer, se puede analizar hasta en sus más mínimos detalles, pero la persona humana no. Esta es única en sí misma, irreductible; lo cual me permite evocar la personalidad provocadora de San Agustín, maestro de vida interior, quien al respecto pudo decir: “Ni yo mismo capto, comprendo lo que soy”.

Evidentemente es muy difícil lograr a cabalidad la comprensión de uno mismo, y la de los otros, pues los hombres vivimos rodeados de nuestros semejantes y de las cosas, cuyo tráfago ordinariamente nos impiden esclarecer nuestra visión interior, la evidencia última de quienes somos y qué va a ser de nosotros después de la muerte. Y esto es un gran problema de frente a nuestra necesaria sinceridad personal y convivencia con los demás.
Crispín fue un hombre siempre esclarecido, hasta la ancianidad, hasta ahora, incluso en su lecho de enfermo. Resistido a morir. Era como un viejo- jóven con futuro, ejemplarizante. Esto es algo maravilloso en una persona.

Siempre con proyectos de vida, siempre con porvenir, sobre todo en las actividades del campo – donde ese rasgo de su inteligencia contemplativa se solazaba -, pero también proponiendo a gente jóven que deseaba oírlo, proyectos de vida pública honorable, y las estimulaba. Ordinariamente no pensaba en la muerte, que es expectativa última de todo hombre. No sé a ciencia cierta si contaba con la otra vida, pero de todos modos era un optimista lleno de enorme energía, y de esta forma se puede afirmar que no liquidó su vida a la manera como se liquida una sociedad comercial, pues en ella no hubo nunca pérdidas sino ganancias, las grandes ganancias propias de un espíritu noble.
A propósito de la vida y de la muerte, a lo que estamos ahora, seguramente no escapó a aquello que decía el gran pensador español Julián Marías: “En la vida recibimos heridas, algunas gloriosas, algunas esplendidas, otras dolorosas”. Unas y otras Crispín las encajaba, sin que aquellas lo obnubilaran ni éstas lo amedrentaran. Definitivamente, los hombres se distinguen por sus vidas biográficas antes que por sus vidas biológicas. De él, la primera fue de creces, animada como pocas por un élen vital fecundo.

Crispín y yo fuimos concuñados que nos quisimos mucho, y a veces llegó a padecer mis resentimientos fraternos. Se nos ha marchado definitivamente dejándonos a muchos en orfandad espiritual, intelectual y física, después de un penoso sufrimiento físico, y sin duda reflexivo. Y no obstante con un corazón anhelante de vida.
Mis palabras han querido ser sencillas y concisas, no exactamente ensalzadoras, pues más bien este momento no es sino para reflexionar un poco más que de costumbre, y llorar su muerte.
Y ahora contemplo una paradoja comprensible: Mientras nosotros acá estamos lamentando su partida final, allá, su esposa Clara, está regocijada por su reencuentro definitivo, y él, huérfano de meses como fuera, dando el primer beso a su amada madre, Ana María de Armas.

rodrigolopezbarros@hotmail.com