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Columnista - 21 marzo, 2013

Heredando las promesas

Es muy importante atesorar y meditar las promesas del Señor para nuestras vidas. El valor que le concedemos a la voz de Dios es lo que determina el grado de atracción de esas promesas a nuestras vidas.

Por: Valerio Mejía Araújo.

Es muy importante atesorar y meditar las promesas del Señor para nuestras vidas. El valor que le concedemos a la voz de Dios es lo que determina el grado de atracción de esas promesas a nuestras vidas. Cuando atesoramos sus promesas manteniéndolas cerca de nuestro corazón y anclando nuestras almas en ellas por medio de la meditación poderosa, demostramos que creemos que son verdad y mostramos confianza práctica en aquel que nos las dio. Esa confianza le demuestra a Dios que puede confiarnos más cosas.

El destino de David, como rey no comenzó con su ascenso al trono, sino con la declaración de Dios de ese destino por medio del profeta Samuel. Seguramente, hubo días en el desierto cuando la única evidencia que podía presentar como prueba de que la promesa era cierta, era su recuerdo de lo que Samuel había dicho y el aceite derramado en su cabeza. Pero el hecho de que David fue detrás de su promesa hasta alcanzarla, sin renunciar ni tomar atajos, es evidencia clara de que creía lo que Dios había prometido. Su fe no estaba basada en circunstancias cambiantes, sino en el conocimiento que tenía de Dios por la historia que tenían juntos. Como Sara, él también “creyó que era fiel quien lo había prometido”.

Amados amigos lectores, cuando renacemos heredamos cada promesa de Dios para los creyentes, esas promesas destraban nuestro potencial para amar y servir a Cristo; sin embargo, no podemos decir que poseemos las promesas hasta que suceden tres cosas:

Primera, comenzamos a poseer una promesa cuando el Espíritu se la dice a nuestro corazón. La declaración del Espíritu es lo que pone las promesas del Reino en nuestra cuenta. Es imposible que Dios mienta y su palabra siempre estará en consenso con su naturaleza y su carácter; así, sus propias palabras liberan su poder para lograr aquello que él ha dicho.

La segunda cosa, es que no tenemos que comprender cada palabra para poder creer y demostrarle a Dios que confiamos en que esa palabra es verdad. El “hágase conmigo conforme a tu palabra” nos hace entender que no es necesario comprender o ver cómo es posible que suceda, todo lo que necesitamos saber es que Dios ha hablado y que podemos confiar en su palabra.

La tercera cosa que debe suceder para poseer las promesas, es que nuestra fe en ellas debe ser probada y comprobada. Esto quiere decir que cuando tengamos una promesa de parte del Señor, tenemos que batallar para defenderla cuando alguien intente robárnosla, y la mejor manera de batallar por las promesas es usando las promesas mismas.

Adicional a todo esto, creo que la única manera en que podemos posicionarnos para ver cumplidas nuestras promesas es rechazando la idea de definirnos a nosotros mismos como no aptos e incapaces de recibirlas, o pensar de nosotros algo distinto de aquello que Dios ha dicho sobre nosotros en su palabra. Esto implica que ajustemos nuestros pensamientos más íntimos a su palabra y pensemos en consonancia con sus promesas. Cuando declaramos la palabra sobre nuestras propias vidas y profetizamos nuestro propio destino en consenso con él, liberamos su poder para hacer que dicha palabra suceda.

Mi invitación hoy es a creer y confiar en sus promesas para nosotros.

Oremos juntos, “Querido Dios, gracias por cada promesas que impartes a mi vida. Las recibo con confianza creyendo en aquel que hace lo que dice. Gracias, amén”.

Recuerda, es imposible ser efectivo en cumplir los propósitos de Dios, a menos que entrenemos nuestra mente para pensar en sus promesas de bendición para nosotros.

Te mando un abrazo cargado de promesas y buenas nuevas de Salvación porque Jesús resucitó. ¡Feliz Semana Santa!

 

Columnista
21 marzo, 2013

Heredando las promesas

Feel the sand on your feet, not your wardrobe weight.
Valerio Mejía Araújo

Es muy importante atesorar y meditar las promesas del Señor para nuestras vidas. El valor que le concedemos a la voz de Dios es lo que determina el grado de atracción de esas promesas a nuestras vidas.


Por: Valerio Mejía Araújo.

Es muy importante atesorar y meditar las promesas del Señor para nuestras vidas. El valor que le concedemos a la voz de Dios es lo que determina el grado de atracción de esas promesas a nuestras vidas. Cuando atesoramos sus promesas manteniéndolas cerca de nuestro corazón y anclando nuestras almas en ellas por medio de la meditación poderosa, demostramos que creemos que son verdad y mostramos confianza práctica en aquel que nos las dio. Esa confianza le demuestra a Dios que puede confiarnos más cosas.

El destino de David, como rey no comenzó con su ascenso al trono, sino con la declaración de Dios de ese destino por medio del profeta Samuel. Seguramente, hubo días en el desierto cuando la única evidencia que podía presentar como prueba de que la promesa era cierta, era su recuerdo de lo que Samuel había dicho y el aceite derramado en su cabeza. Pero el hecho de que David fue detrás de su promesa hasta alcanzarla, sin renunciar ni tomar atajos, es evidencia clara de que creía lo que Dios había prometido. Su fe no estaba basada en circunstancias cambiantes, sino en el conocimiento que tenía de Dios por la historia que tenían juntos. Como Sara, él también “creyó que era fiel quien lo había prometido”.

Amados amigos lectores, cuando renacemos heredamos cada promesa de Dios para los creyentes, esas promesas destraban nuestro potencial para amar y servir a Cristo; sin embargo, no podemos decir que poseemos las promesas hasta que suceden tres cosas:

Primera, comenzamos a poseer una promesa cuando el Espíritu se la dice a nuestro corazón. La declaración del Espíritu es lo que pone las promesas del Reino en nuestra cuenta. Es imposible que Dios mienta y su palabra siempre estará en consenso con su naturaleza y su carácter; así, sus propias palabras liberan su poder para lograr aquello que él ha dicho.

La segunda cosa, es que no tenemos que comprender cada palabra para poder creer y demostrarle a Dios que confiamos en que esa palabra es verdad. El “hágase conmigo conforme a tu palabra” nos hace entender que no es necesario comprender o ver cómo es posible que suceda, todo lo que necesitamos saber es que Dios ha hablado y que podemos confiar en su palabra.

La tercera cosa que debe suceder para poseer las promesas, es que nuestra fe en ellas debe ser probada y comprobada. Esto quiere decir que cuando tengamos una promesa de parte del Señor, tenemos que batallar para defenderla cuando alguien intente robárnosla, y la mejor manera de batallar por las promesas es usando las promesas mismas.

Adicional a todo esto, creo que la única manera en que podemos posicionarnos para ver cumplidas nuestras promesas es rechazando la idea de definirnos a nosotros mismos como no aptos e incapaces de recibirlas, o pensar de nosotros algo distinto de aquello que Dios ha dicho sobre nosotros en su palabra. Esto implica que ajustemos nuestros pensamientos más íntimos a su palabra y pensemos en consonancia con sus promesas. Cuando declaramos la palabra sobre nuestras propias vidas y profetizamos nuestro propio destino en consenso con él, liberamos su poder para hacer que dicha palabra suceda.

Mi invitación hoy es a creer y confiar en sus promesas para nosotros.

Oremos juntos, “Querido Dios, gracias por cada promesas que impartes a mi vida. Las recibo con confianza creyendo en aquel que hace lo que dice. Gracias, amén”.

Recuerda, es imposible ser efectivo en cumplir los propósitos de Dios, a menos que entrenemos nuestra mente para pensar en sus promesas de bendición para nosotros.

Te mando un abrazo cargado de promesas y buenas nuevas de Salvación porque Jesús resucitó. ¡Feliz Semana Santa!