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Columnista - 18 mayo, 2013

Hay mucho de la realidad en mis cuentos y mucho de mis cuentos en la realidad.

El escultor Paolesi esculpió una mujer en mármol de carrara según una imagen de ella que había visto en un sueño, era de piel muy tersa, exuberante de pechos y amplia de caderas. Una vez concluida su obra quedó sorprendido con la mirada radiante y hermosa de la mujer recién terminada, lucía espléndida y fresca, parecía recién bañada.

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Por: Leonardo José Maya

INTERPRETACION

El escultor Paolesi esculpió una mujer en mármol de carrara según una imagen de ella que había visto en un sueño, era de piel muy tersa, exuberante de pechos y amplia de caderas. Una vez concluida su obra quedó sorprendido con la mirada radiante y hermosa de la mujer recién terminada, lucía espléndida y fresca, parecía recién bañada.

Confundido con la perfección, visitó a Lucrecio el sabio filósofo medieval para que le diera una interpretación a los hechos.
El filósofo no lo pensó mucho.

Lo que te sorprende no es la perfección de tu obra, le dijo,  estás confundido porque no comprendes que muchas veces la realidad supera nuestros propios sueños.

CUENTOS DE CIRCO

Tengo muchas historias de los circos pero hay una que nunca olvido. Una noche de agosto fuimos a ver la función de estreno de un circo itinerante que andaba de pueblo en pueblo llevando su magia y  artificios de encanto, entre los muchos espectáculos que presentaban hubo algo que llamó poderosamente mi atención.

Eran tres malabaristas, absolutamente impresionantes, no por su arte asombroso  sino por su belleza descomunal. 
Eran rubias,  blancas  y tenían como el cielo los ojos, estaban muy maquilladas y escasas de ropa. Eran mujeres demasiado voluptuosas para mi edad, tenían unos cuerpos monumentales y piernas hermosas, yo las observé con el frenesí implacable de mis hormonas enardecidas, la impresión ha sido tan perturbadora que hasta el día de hoy no he vuelto a ver mujeres tan hermosas. Recuerdo que mi primo Alfredo, que era un verdadero sabio en asuntos de mujeres, me previno ante mis ojos desorbitados.

Primo no las mires mucho porque ellas emboban a los hombres, son gitanas y hacen que siempre quieras volver a verlas y las sigas a donde vayan.

Esa fue la última vez  que vi a mi primo, poco después se perdió del pueblo –y de la familia- y nunca más volvimos a saber de él aunque de vez en cuando nos llegaban noticias peregrinas que lo habían visto en lugares remotos.

Realmente desconozco los motivos, pero cuando viene algún circo a la ciudad siempre voy, quizás con la secreta esperanza de encontrármelas de nuevo. Esta historia la cuento porque recientemente llegó un circo y como de costumbre fui a verlo.

¿ y adivinen que?

El hombre que anunciaba al micrófono los actos del circo era nada más y nada menos que mi primo Alfredo en persona, quizás víctima de algún encantamiento gitano o tal vez víctima de su propia predicción.

HUBIERA PODIDO

Hubiera podido apagar su brillo o marchitar sus colores para que nadie la admirara, tal vez limitar su vuelo y destruirle sus sueños, hubiera podido encerrarla en una jaula de cristal o romperle sus alas pero entonces habría dejado de ser ella y yo lo que amaba era una mariposa resplandeciente y libre.

Columnista
18 mayo, 2013

Hay mucho de la realidad en mis cuentos y mucho de mis cuentos en la realidad.

Feel the sand on your feet, not your wardrobe weight.
Leonardo Maya Amaya

El escultor Paolesi esculpió una mujer en mármol de carrara según una imagen de ella que había visto en un sueño, era de piel muy tersa, exuberante de pechos y amplia de caderas. Una vez concluida su obra quedó sorprendido con la mirada radiante y hermosa de la mujer recién terminada, lucía espléndida y fresca, parecía recién bañada.


Por: Leonardo José Maya

INTERPRETACION

El escultor Paolesi esculpió una mujer en mármol de carrara según una imagen de ella que había visto en un sueño, era de piel muy tersa, exuberante de pechos y amplia de caderas. Una vez concluida su obra quedó sorprendido con la mirada radiante y hermosa de la mujer recién terminada, lucía espléndida y fresca, parecía recién bañada.

Confundido con la perfección, visitó a Lucrecio el sabio filósofo medieval para que le diera una interpretación a los hechos.
El filósofo no lo pensó mucho.

Lo que te sorprende no es la perfección de tu obra, le dijo,  estás confundido porque no comprendes que muchas veces la realidad supera nuestros propios sueños.

CUENTOS DE CIRCO

Tengo muchas historias de los circos pero hay una que nunca olvido. Una noche de agosto fuimos a ver la función de estreno de un circo itinerante que andaba de pueblo en pueblo llevando su magia y  artificios de encanto, entre los muchos espectáculos que presentaban hubo algo que llamó poderosamente mi atención.

Eran tres malabaristas, absolutamente impresionantes, no por su arte asombroso  sino por su belleza descomunal. 
Eran rubias,  blancas  y tenían como el cielo los ojos, estaban muy maquilladas y escasas de ropa. Eran mujeres demasiado voluptuosas para mi edad, tenían unos cuerpos monumentales y piernas hermosas, yo las observé con el frenesí implacable de mis hormonas enardecidas, la impresión ha sido tan perturbadora que hasta el día de hoy no he vuelto a ver mujeres tan hermosas. Recuerdo que mi primo Alfredo, que era un verdadero sabio en asuntos de mujeres, me previno ante mis ojos desorbitados.

Primo no las mires mucho porque ellas emboban a los hombres, son gitanas y hacen que siempre quieras volver a verlas y las sigas a donde vayan.

Esa fue la última vez  que vi a mi primo, poco después se perdió del pueblo –y de la familia- y nunca más volvimos a saber de él aunque de vez en cuando nos llegaban noticias peregrinas que lo habían visto en lugares remotos.

Realmente desconozco los motivos, pero cuando viene algún circo a la ciudad siempre voy, quizás con la secreta esperanza de encontrármelas de nuevo. Esta historia la cuento porque recientemente llegó un circo y como de costumbre fui a verlo.

¿ y adivinen que?

El hombre que anunciaba al micrófono los actos del circo era nada más y nada menos que mi primo Alfredo en persona, quizás víctima de algún encantamiento gitano o tal vez víctima de su propia predicción.

HUBIERA PODIDO

Hubiera podido apagar su brillo o marchitar sus colores para que nadie la admirara, tal vez limitar su vuelo y destruirle sus sueños, hubiera podido encerrarla en una jaula de cristal o romperle sus alas pero entonces habría dejado de ser ella y yo lo que amaba era una mariposa resplandeciente y libre.