Todos tratábamos de llegar antes de las siete y media de la mañana, aunque normalmente, el Consejo de Redacción se iniciaba un poco antes de las ocho. Era el inicio de una lucha diaria por construir un producto informativo, el mismo que normalmente recibiríamos en la puerta de nuestras casas antes de las seis de la mañana del día siguiente.
Perdí la cuenta del número de veces que nos sentamos en aquella mesa rectangular de granito, de la cual alguna vez llegué a decir que había sido concebida por el mismo albañil que construyó las mesas de la carnicería del Mercado Público de Valledupar.
Pero existía un detalle, tal vez inadvertido para la mayoría de los miembros de aquel equipo periodístico de los albores de la década del 2000: un pequeño librillo que Ana María Ferrer armaba con los pedazos recortados de papel periódico que amanecían regados en el inmenso patio de la edificación ubicada en la carrera séptima, número 14 – 50.
El famoso ‘Machote’, una especie de borrador de la edición que empezábamos a construir entre todos, y que al final de la tarde-noche llegaría a tener una cantidad considerable de tachones, enmendaduras y correcciones, la mayoría realizada por nosotros, y por supuesto, por los miembros del equipo de mercadeo que aprendieron a ubicar los avisos publicitarios que iban saliendo en el transcurso de la jornada.






