Por Mary Daza Orozco
Las sombras de la noche que comenzaba eran desterradas por la luz giratoria de la ambulancia de donde bajaban a un señor que había sufrido una trombosis, aproveché para entrar y fui a parar a una pequeña sección que tiene el rimbombante nombre de Platino, me equivoqué al mostrar el carné, debió ser el de la EPS no el de la prepagada, para lograr mi cometido: conocer personalmente eso tan malo que hablan de urgencias de la Clínica Valledupar.
En Platino es pequeñito: cuatro camas, una enfermera indiferente:‘Siéntese, ya se le atiende’. Un consultorio, chiquitito, adornado por una doctora joven vestida de negro y rojo, sin la bata blanca tradicional, pantalones súper apretados y un maquillaje extravagante, hablaba y hablaba por teléfono, un niño lloraba, un señor se quería ir ya, y la doctora no salía, solo su voz: “le dieron la Clonidina a la señora de la presión alta’, a mi lado una mujer enjuta, parecía un cadáver ambulante, se quejaba de un dolor generalizado, se aburrió y se fue a buscar alivio a otra parte; por fin salió la doctora, ¡qué alivio!, pero no, dijo: ‘Ya mi turno terminó, en diez minutos llega el médico que me va a reemplazar’, ( ¿en diez minutos no se puede morir alguien?).






