En la crónica caribeña, la iguana siempre ha estado ahí: encaramada a las ramas verdosas con sus uñitas de dinosaurio en los trupillos del patio, servida como guiso de Cuaresma o convertida en desayuno de “huevos de iguana al gusto” en comederos de carretera, mientras los estudios de etnobiología recuerdan que su carne se consume en la región Caribe desde hace al menos tres mil años.
Lo mismo ocurre con el morrocoy, tortuga parsimoniosa a la que textos de divulgación y crónicas ambientales le atribuyen poderes afrodisíacos o de buena suerte, y que hoy comparte con la iguana ese lugar incómodo entre símbolo de la identidad caribe y plato que acelera su desaparición.
Lo cierto es que, entre 2024 y 2025 ingresaron al Centro de Atención y Valoración de Fauna y Flora Silvestre (CAVFFS) de Corpocesar 2.921 individuos de fauna silvestre, más de la mitad reptiles producto de rescates, entregas voluntarias, decomisos e incluso hallazgos ligados al tráfico ilegal.






