En el mundo moderno y laico poco se habla de los pecados capitales que fueron estudiados por Santo Tomás de Aquino en su obra Suma Teológica en el siglo XIII. Santo Tomás los llamaba “capitales” porque eran el origen de otros vicios, tales pecados quedaron paralizados en la memoria colectiva.
En la Edad Media había unas delimitaciones muy claras sobre el actuar ético para el hombre medieval que señalaban las actuaciones de acuerdo a lo que era correcto. Desde esta perspectiva, Santo Tomás clasificó siete pecados que alejaban al hombre de Dios: la codicia, la envidia, la ira, la gula, lujuria, avaricia y la soberbia.
La pregunta es: ¿Siguen vigentes? Durante un año, la emisora de la British Broadcasting Corporation (BBC) de Inglaterra, les preguntó a sus oyentes católicos la vigencia de los pecados capitales; en un primer momento sondeó sobre los vicios que agregarían a la lista y luego por cuáles remplazarían a los viejos. El único que quedó de los antiguos fue la avaricia.
En lugar de los anteriores los británicos eligieron seis nuevos: la crueldad con un 39 por ciento, el adulterio con el 11 por ciento, el fanatismo con el 8 por ciento, la deshonestidad con el 7 por ciento, la hipocresía 6 por ciento, la codicia 6 por ciento y el egoísmo 5 por ciento. Todos estos nuevos vicios tienen en común que son faltas que se cometen contra otras personas y pueden destruir a otros o a sí mismo.
Por su parte, Mahatma Gandhi planteó siete pecados capitales desde la visión del Hinduismo que están acordes con la vida actual y que también valdrían para cualquier religión: política sin principios, negocio sin moralidad, bienestar sin trabajo, educación sin carácter, ciencia sin humanidad, goce sin conciencia y culto sin sacrificio.
Interpretaciones culturales
El periódico EL PILÓN le preguntó a Roberto Solarte Rodríguez, teólogo y Doctor en Filosofía, quien imparte la cátedra de Teología en la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá sobre la vigencia de estos pecados y manifestó que los pecados siguen siendo los mismos pero se le dan diferentes interpretaciones culturales de acuerdo a la tradición.
“La idea del pecado es que el hombre se aparta de lo que Dios quiere, desencadenando formas de violencia contra otras personas; en el momento actual podemos nombrar la desigualdad, la discriminación, el daño al medio ambiente”, dice y agrega: hacemos daño cuando deseamos la mujer, el trabajo o la tierra de otros, llegando al límite de crear rivalidades, desatar guerras y matar”.
Explica que muchas personas identifican el mal afuera, creando enemigos públicos como la guerrilla, los narcotraficantes, los paramilitares. “El pecado está dentro del corazón de cada persona que siempre está en función de desear lo que otros poseen, por eso el pecado que está a la cabeza de todos es la codicia”, afirma.
Es fundamental que el hombre trate de tener deseos distintos en función de otros como el amor, la compasión, la gratuidad, dice. “A veces los sacerdotes en sus homilías son demasiados metafísicos afirmando que cuando comemos mucho le hacemos daño a Jesús en la cruz durante esta Semana Santa”, dice. El problema real es la forma cómo nos relacionamos con los otros, porque lo que hago afecta la vida de los otros.
En la actualidad no se habla de pecado, teniendo en cuenta que está cargada de culpabilidad sino que desde la ética se habla de la noción de responsabilidad, pero a fin de cuentas, pecado, mal o responsabilidad, la idea es que los actos humanos afectan la vida de otras personas, por lo cual es fundamental que la persona sea consiente de lo que puede desencadenar con sus decisiones y acciones.






