En los últimos días se ha repetido con insistencia la idea de que la música creada con inteligencia artificial es un atajo fácil, una amenaza para la autenticidad o incluso un síntoma de empobrecimiento creativo. Pero esa lectura, más que profunda, resulta cómoda. Es más fácil descalificar que entender.
Porque el problema no es la herramienta. Es la confusión.
La inteligencia artificial no siente, no vive, no ama, no tiene historias que contar. No hay memoria emocional en un algoritmo. Todo lo que termina sonando depende de alguien que decide, que escribe, que corrige, que insiste. Pensar que una canción nace de un programa es olvidar que, antes de cualquier sonido, hay una intención.






