Confieso que últimamente me resisto a ingresar a la red social X. Cada jornada electoral parece haber transformado ese espacio en una suerte de campo de batalla verbal donde las ideas han cedido terreno ante las ofensas, las consignas y las diatribas. El intercambio razonado de argumentos se concentra entre palabras punzantes, descalificaciones y una agresividad que pareciera no reconocer límites. Algunas personas simplemente no estamos dispuestas a envenenar el alma a cambio de participar en una dinámica que debería ser mucho más sencilla y, al mismo tiempo, mucho más profunda: ejercer en libertad el derecho a decidir quién debe conducir los destinos de una nación.
Se afirma en la actualidad y con mucha frecuencia que la polarización constituye una expresión natural del ejercicio político. Tal afirmación merece matices. La historia colombiana enseña que cuando las diferencias dejan de concebirse como una riqueza inherente al pluralismo democrático y comienzan a entenderse como antagonismos irreconciliables, las instituciones terminan sometidas a tensiones que debilitan la convivencia y deterioran la confianza pública. Nuestro pasado ofrece suficientes lecciones sobre los costos que pueden derivarse de las decisiones adoptadas desde la pasión antes que desde la prudencia. La violencia que ha lacerado nuestro tejido social es el corolario de determinaciones erradas y de la instrumentalización del disenso, una trágica constante cuya genealogía merece ser expuesta en un lienzo aparte.
El núcleo de la presente reflexión radica en la desoladora constatación de cómo la norma de normas es instrumentalizada vilmente como la bayoneta de intereses gubernamentales, facciones políticas y estrategias de corte estrictamente electoral. La Constitución Política, concebida para salvaguardar las libertades fundamentales y erigirse en el escudo protector de la conciencia ciudadana, es degradada hoy al nivel de un artefacto retórico y destructivo destinado a la desarticulación institucional. Es una paradoja trágica que el pacto social fundante sea utilizado para socavar los cimientos de la estabilidad democrática, evidenciando un desprecio absoluto por su ontología y su significado axiológico. Se la convierte en bandera de combate cuando su verdadera esencia radica en servir de punto de encuentro para una sociedad plural.






