En Valledupar, cerca de mi casa, una joven abuela por las tardes aprovechaba la sombra de los árboles para pasear a su nieto de cinco años; en una esquina, el niño se entretenía en la contemplación de una hermosa guacamaya, que coqueteaba entre las ramas del mango y la trinitaria, hasta bajaba oronda a caminar por el verdor de la grama cerca de los florecidos corales.
La guacamaya disfrutaba su vecindad, desde pequeña la habían traído a esa casa y allí creció, apegada a una madre soltera. Nunca le faltaba el alimento y no tenía jaula, la frondosidad vegetal del jardín y del patio era su hábitat. En ocasiones llegaban loros y otras guacamayas silvestres, y latía el temor que de pronto iba a desafiar la inmensidad para abrir sus alas y levantar el vuelo.
Ahora por esa calle, por donde caminaba la abuela y el nieto, la guacamaya ya no está. Un halo de silencio triste dibuja la ausencia de esta hermosa ave. Un día llegaron miembros de la autoridad ambiental y con su lema de proteger la fauna y la flora procedieron a decomisarla, dizque por no estar en su hábitat. Movido por la solidaridad con la escena poética del niño y la abuela, les dije a los visitantes: «Esa guacamaya está domesticada, si la sueltan en el bosque no resiste, ya está adaptada al ambiente de la vegetación citadina».






