A las seis de la mañana subió a la camioneta plateada que lo llevó hasta Barranquilla, vestía pantalón negro y camisa guayabera blanca de mangas cortas, cruzado al cuerpo un maletín de cuero en donde portaba la fotocopia de la cédula que días atrás le habían robado y otros documentos para demostrar que sí es quien dice ser; también llevaba una cara de preocupación, angustia, zozobra y ansiedad por lo que encontraría en la capital del Atlántico, después de todo no es fácil saber que uno está muerto en otra ciudad, pese a estar más vivo que nunca.
Fue el 18 de septiembre cuando su vida cambió. Ese día salió del banco BBVA del edificio Portal del Valle con más de dos millones de pesos de un cheque que había cambiado y aunque los únicos que sabían de ese dinero eran el cajero que lo atendió y él, en la calle 17 entre carreras 9 y 10, dos hombres cada uno en una motocicleta le salieron al paso, lo abrazaron como si se conocieran y después y le pusieron una pistola en la espalda: “entregue la plata y no haga nada”, le dijeron. No solo se llevaron los recursos, sino también una cantidad de documentos de clientes a los que les presta sus servicios como contador, la billetera y con ella la cédula.
El 19, dispuesto a seguir con su vida después del susto y los recursos perdidos, se propuso iniciar la recuperación de sus papeles: tarjetas de crédito, cédula, tarjeta profesional, entre otros. Ahí fue donde empezó el verdadero calvario.






