El 12 de diciembre de 1997 en la ciudad de Kyoto (Japón) 189 Estados de las Naciones Unidas adoptaron un conjunto de medidas anunciadas como el primer paso en la solución de los grandes problemas que afrontan los ecosistemas y en la prevención del temible cambio climático; se trata del famoso Protocolo de Kyoto, un quinceañero al que es mejor evaluar y conocer antes de celebrar apresuradamente su aniversario.
Los argumentos que llevaron a la firma de este tratado proclaman la actividad industrial y sus gases de desecho como la causa del acelerado calentamiento global; en consecuencia se asumió que la única manera de frenar el impacto del desarrollo sobre la estabilidad de la biosfera era empezar a disminuir la emisión de los llamados gases de efecto invernadero (GEI) a saber: dióxido de carbono (CO2), metano (CH4), óxido nitroso (N2O), hidrofluorocarbonos (HFC), perfluorocarbonos (PFC) y hexaflururo de azufre (SF6); nombres en sí ya bastante miedosos.
Con una temperatura media de la superficie terrestre aumentando entre 2º y 4ºC hacia el 2100 (según proyecciones moderadas), decidieron los gobiernos que menguar la emisión de gases a la atmósfera en un 5% hacia el 2012 sería una buena cuota inicial. Sin embargo no todo fue rosas en este jardín, pues antes de entrar en vigor este tratado, su principal mentor los EE. UU. ya se había retirado (2001).






