Del 4 al 7 de junio, la cuarta Feria del Libro de Valledupar (Felva), organizada por el periódico EL PILÓN y la Alcaldía de Valledupar, convertirá el centro histórico en una ciudad‑libro con conversaciones, recitales y lanzamientos que cruzan memoria, Caribe, feminismos, salud mental y geopolítica.
En medio de esta programación, uno de los momentos más entrañables será el homenaje a la obra literaria de Rafael Escalona, el juglar que hizo de sus canciones verdaderos relatos sobre la vida en el antiguo Gran Magdalena y la región vallenata.
Escalona, el hombre que escuchó a su tierra
Escalona fue séptimo de nueve hermanos e hijo del coronel Clemente Escalona Labarcés, veterano de la Guerra de los Mil Días y figura central en una familia donde las historias circulaban entre parrandas, patios y caminos. Creció en Patillal y en el antiguo Magdalena Grande, escuchando desde niño a los amigos de su padre —viejos combatientes que mezclaban recuerdos de guerra con anécdotas fantásticas— y a los juglares que ya recorrían la región, herederos de Francisco el Hombre, en una tierra donde contar era costumbre, refugio y fiesta.
De esa escucha atenta, antes de componer, nacieron canciones que hoy se leen como cuentos cantados sobre el Caribe colombiano: relatos de amores contrariados, de coroneles empobrecidos, de amigos entrañables, de pueblos que parecen inventados pero llevan nombres propios.
Esa misma raíz narrativa fue la que impresionó a Gabriel García Márquez, quien sostuvo que lo que más le llamaba la atención de Escalona era su “arraigo en la realidad” y su manera de contar historias de personajes comunes en escenarios reconocibles. Ambos se conocieron en los años cincuenta, compartieron la barra del llamado Grupo de Barranquilla y una amistad en la que, como recordaría después el Nobel, “Rafael Escalona pone el son y yo pongo la prosa”.
En un viaje, Gabo conoció al coronel Escalona padre y de ahí tomó rasgos para construir al protagonista de El coronel no tiene quien le escriba: la dignidad obstinada, la espera interminable, el eco de una guerra que ya nadie recuerda, pero que sigue marcando la vida de un hombre en un pueblo del Caribe. De ese diálogo entre las canciones de Escalona y la escritura de García Márquez nació una zona común: la idea de que, para entender el universo literario del Nobel, también hay que empezar por escuchar los cantos del maestro que narró nuestra tierra.
Un homenaje en la ciudad‑libro
En Felva 2026, los escenarios de la Casa de la Cultura ‘Cecilia Caballero de López’, la Plaza Alfonso López, la Cámara de Comercio, la Casa Castro Monsalvo y otros espacios del centro histórico serán el marco para volver a visitar esa obra desde la literatura. Allí, escritores, investigadores y voces del Caribe se reunirán para leer a Escalona como narrador: no solo como el autor de melodías inolvidables, sino como el hombre que dejó en sus versos personajes, paisajes, humor, ironías y pequeñas tragedias del mundo vallenato.
Nicolás Lagartija, El testamento, Jaime Molina y tantas otras piezas serán puestas sobre la mesa como testimonios del folclor caribeño, llenos de tipos humanos, cosmovisiones e historias que retratan tradiciones vallenatas, formas de amar, de resolver pleitos, de recordar la guerra y de reírse de la vida cotidiana. A cien años de su nacimiento, la feria invitará a escuchar y leer de nuevo esas canciones, a detenerse en frases que capturan un gesto, un paisaje, un chisme convertido en mito, y a preguntarse qué nos siguen diciendo hoy sobre la región y sus cambios.
Felva quiere que el homenaje sea también una puerta para las nuevas generaciones: que niños, jóvenes y lectores que llegan por primera vez a la feria descubran que, detrás del juglar que conocen por las versiones musicales, hay un escritor popular que dejó una crónica íntima de Valledupar y del Caribe.






