Gilberto Villarroel entrevista a Johana Redondo
“La discriminación no puede escudarse en la libertad de expresión”: Johana Redondo
El café es por sí mismo estimulante y cuando está acompañado por una charla con Johanna Redondo, es mucho más estimulante aún.
Johanna es sicóloga, una profesional muy seria, lo cual no quiere decir que sea adusta. Ella sabe la diferencia. Le pone a lo que hace mucha pasión y últimamente esa pasión orientó su activismo hacia la defensa de derechos de personas LGBTI, que hace pocos días realizó en Valledupar una marcha callejera. Era previsible que provocara polémicas y algunas llegaron a los medios de comunicación social. Le preguntamos:
¿Considera usted que los medios no han cumplido con la función de informar y están incurriendo en formas de discriminación?
Indudablemente fueron más los desaciertos en el cubrimiento de la marcha, algunos pecaron por carecer de conceptos que les permitieran abordar asertivamente el tema. Otros, cometieron el garrafal error de plasmar en la noticia sus prejuicios y su homofobia, olvidando que el sentido ético de su profesión no les permite anteponer sus posiciones personales a la responsabilidad de informar objetivamente.
Los periodistas dirían que hacen uso de la libertad de expresión, derecho defendido fervientemente por la comunidad LGBTI. ¿Estarían entrando en una contradicción?
Como afirmé en la respuesta dada a la columna de opinión de un periodista, la discriminación no puede escudarse en la libertad de expresión. Ese derecho está limitado por su función social y por el respeto de los demás derechos fundamentales.
No podemos permitir que el derecho a la libertad de expresión justifique discursos que reproducen estereotipos, imaginarios negativos y homofobia. Cuando son los medios de comunicación social los que asumen estas posiciones de alguna manera las legitiman y son percibidas como válidos.
¿Cuáles son los argumentos con los que se rechaza a las personas con orientación sexual diferente a la heterosexual?
Las justificaciones suelen caracterizarse por estar acompañadas de interpretaciones bíblicas o lo que es lo mismo, de una moral religiosa. Se establece la biología como punto de partida y se omite que el género y la sexualidad están influidos predominantemente por procesos culturales.
Durante los ejercicios formativos, suelo pedirles a los participantes que manifiesten las razones por las que consideran que la homosexualidad es algo negativo sin acudir a ideas religiosas, entonces la reacción es similar en todos los auditorios: reina el silencio.
Sería necesaria, entonces, una profunda transformación de los preceptos morales y religiosos sobre los que se han construido las ideas sexuales predominantes. ¿Sugiere usted un cambio urgente en la moral sexual?
Pido una transformación de la moral religiosa a una moral laica, una moral madura que no esté supeditada a la religión. Esto no quiere decir que pretendo la anulación de las creencias espirituales, estas son necesarias por su importante función social. Esa autonomía laica implica que las normas sean un asunto humano, no un asunto divino. De esa manera se acabaría con el moralismo que lleva al terrible malentendido de ver a la religión –y a Dios– reprimiendo la existencia con prohibiciones y mandamientos heterónomos, como si fuesen impuestos arbitrariamente.
Paulatinamente la religión tuvo que tomar distancia de la ciencia, estableciéndose plena independencia. De la misma manera se le exige distanciamiento de la política, escindiéndose totalmente la relación iglesia- estado. Así mismo, se espera de la religión que reconozca la autonomía de la moral y se concentre en su rol propio y especifico
Esta independencia de la que hablo debe ser el lente con el que funcionarios públicos, profesionales y actores con alguna jerarquía, desarrollen su ejercicio profesional, conscientes que la laicidad del Estado implica cero interferencias de radicalidades religiosas en el cumplimiento de sus funciones. Esto aplica principalmente para periodistas, alcaldes, funcionarios, psicólogos, docentes, orientadores y un extenso etcétera.
Un tema apasionante, una interlocutora también apasionada, en un café, que pudo haber sido el Automático de Bogotá, o cualquiera otra cafetería, en cualquier parte del mundo. Pero fue en Valledupar, en el Café de las Madres.






