Dios tarda, pero nunca olvida, es el nombre de la fundación que resguarda a diez adultos mayores, la mayoría de ellos abandonados a su suerte por sus familiares.
Por: Karen Liliana Pérez
“Aguantamos mucha hambre, como animalitos abandonados en las calles”, dice, mientras las arrugas de su rostro, marcas imbatibles de los años, se intensifican y su mirada cansada expresa tristeza o tal vez esperanza de continuar batallando, sus manos guardan las cicatrices de un pasado de trabajo, su cuerpo con cierta agilidad a pesar de sus ochenta y nueve años, sigue con la fuerza que da el deseo de no dejarse vencer. Él es, Marcial Pacheco, un anciano que se dedica a cuidar como si fuesen hermanos a nueve adultos mayores.






