Tres décadas enmarcando arte
Por: Mary Daza Orozco
Cortesía para El Pilón
El cielo renegrido por nubes espesas hacía que la gente caminara más rápido, quizás para llegar al ambiente protector de sus casas; un tropel de carros, motos y bicicletas aumentaba ese cierto temor que aparece cuando hay anuncio de tormenta. Caminé por la acera hasta cuando logré la entrada asegurada por cuadros de imágenes sagradas. El recinto acogedor en donde el color plasmador de sueños de pintores o de algunos que se creen pintores, me aisló de la barahúnda callejera, allí estaba Wilson, el pionero de las marqueterías lujosas en la ciudad, me esperaba para charlar sobre su trabajo de treinta años, junto con Amparo, su esposa, trabajo que comenzó poniéndole marcos a diplomas, marcos a menciones de honor, marcos a las pinturas de autores tímidos de los primeros años, marcos a las obras de los que se fueron por el mundo y hoy son reconocidos en muchos países.
Nos sentamos en la oficina del segundo piso, al fondo una réplica de Guernica de Picasso, el olor a presagio de aguacero no alcanzaba a llegar hasta nosotros, sólo ese que se desprende de paisajes, rostros, frutas, bodegones, vírgenes, imágenes salidas de raptos oníricos, olor indefinible, aroma de arte, aroma se horas de trabajos frente a un lienzo, olor distintos a todos los olores.






