Se llamaba Eupari mientras vivió en ella su cacique Upar. Formaba parte de la provincia del norte de la gran nación Chimila, donde cabían los upares, soculgas, guanaos, cariachiles, itotos, pocabuyes, maconganas, chiriguanaes y hasta parte de los tupes. Vivieron felices adorando a Narayajana en medio de fértiles valles regados por los ríos Pompatao (Cesar), Badillo, Guatapurí (con su afluente el río Donachuí), Ariguaní, Cesarito, río Seco, Diluvio y Mariangola. Hasta que un día de 1524 Pedro de Villafuerte vio el valle por primera vez y le contó a Bastidas, despertando la codicia de los gobernadores samarios. A partir de entonces, ilustres como Pedro de Badillo y Ambrosio Alfínger penetraron el Valle de Upar y recogieron todo el oro que encontraron. Tiempo después, haciendo honor al temperamento vallenato, Francisquillo el vallenato, indígena educado como europeo y luego esclavizado, terminó por vengar a su gente asesinando a Alfínger en el valle de Chinácota, muy cerca de mi casa natal. Desde entonces no ha parado de progresar y alegrar a Colombia.
En esa hermosa ciudad, Valledupar, fundada luego en 1550 por el capitán Hernando de Santana, nos reunimos algunos veteranos para celebrar un nuevo aniversario de nuestra graduación como médicos de la Universidad de Antioquia. No me atrevo a confesar cuál aniversario porque me arriesgo a que los pacientes de nuestros incomparables anfitriones, los doctores Paulina Daza, César de la Hoz, Fabio Vargas, Dúver Gutiérrez, Hélbert Mosquera, Antonio Jaller, decidan hacer cálculos erróneos sobre su edad. Y sería muy injusto porque además de haberlos criado y poder dar fe de sus almanaques, lucen sospechosamente rejuvenecidos, hasta el punto que alguno de los paisas invitados apuntó: “…tan bueno que era cuando todos teníamos la misma edad”.
Yo no sé si se trata del calor que irradian tan espléndidos anfitriones, pero llegando a Valledupar se solazan los sentidos con el señorío, la gracia de la ciudad y su clima acogedor . Los calentanos como yo no sufrimos el calor, de hecho lo gozamos convencidos de que es garantía de alegría y salud. Valledupar es una ciudad con identidad propia, donde los árboles frondosos y las caras felices saludan al visitante desde sus acogedoras calles. Allí nadie es extraño, apenas se llega queda uno con la sensación de haber vivido siempre en la ciudad.






