Cuando se va a escribir sobre un escritor, lo ideal es iniciar con una frase de su autoría. Pero en el caso de García Márquez, que es sin duda un genio de la literatura universal con abundante riqueza literaria, es necesario mencionar varias: “Si volviera a nacer, haría todo exactamente igual, salvo una cosa: no me iría tanto tiempo de Colombia. Si me hubiese quedado de juez municipal de Aracataca, no sería nada de nada, pero sería absolutamente feliz”; “Yo no me he ido nunca. Otra cosa es que viva en otro país”; “Donde quiera que esté, siempre estaré escribiendo una novela colombiana”.
¿Pero qué importancia tienen esas frases en este abril, cuando se cumplen 12 años de la muerte de nuestro premio Nobel? La respuesta es clara: por años, un manojo de compatriotas ha puesto a Gabito frente al pelotón de fusilamiento, acusándolo de haberse ido de Colombia, sumándole el agravante de que no hizo una obra significativa por Aracataca, su pueblo natal. Siempre hemos estado al margen de tal apreciación; sin duda, somos unos convencidos de que el desarrollo de los pueblos lo trazan sus gobernantes y no sus escritores. Así que, mientras los dirigentes están para satisfacer las necesidades colectivas, los escritores están para aliviar los problemas del alma.









