Un escrito del muy reconocido exsubcontador general de la República, docente y columnista Luis Alonso Colmenares, ha generado revuelo, suspicacias y alertas en la muy alharaquienta escena de la música vallenata. Se trata de supuestos “rumores” de que las muy intrusivas autoridades norteamericanas comenzarán a usar los saludos de las canciones vallenatas como evidencias de una complicidad de los intérpretes con perpetradores de corrupción, narcotráfico y otros delitos. No deja de parecer un absurdo, pero con un desquiciado como Trump y un presidente republicano en Colombia, cualquier desmesura se puede esperar.
Esto refleja medidas desesperadas para rastrear dineros sucios que la inteligencia militar y judicial parecen no detectar, pero también es muestra de que los saludos vallenatos, a través de la historia, han servido para “roncar plata”, ostentar privilegios, no siempre traídos por la mano honesta. Cierta vez, en un escrito a inicios de los 90 sobre los “cachaafuera” en La Guajira, llegué a decir que se podía elaborar el organigrama de los carteles de la droga en la región solo escuchando los últimos álbumes de Jorge Oñate, los Zuleta, Diomedes, Beto Zabaleta e Iván Villazón.
Dentro del argot del mundo vallenato, a los paratextos y metatextos que mencionan a personas en particular se les denominan “saludos”, que son menciones, complacencias o exaltaciones que se hacen de una o varias personas durante los preludios, interludios y codas musicales e independientes del texto de la canción. Son considerados paratextos cuando mencionan a una o unas personas sin que se haga alusión al discurso musical o verbal de la canción (música y letra); y se convierten en un metatexto cuando, además de mencionar personas, aluden al contenido lírico de la canción.











