Entrar al monasterio de las Clarisas es como adentrarse a un mundo donde todo funciona lento, lejos de la conmoción y la rapidez de hoy. Se respira paz.
A la entrada nos recibe una ‘externa’, la llaman así porque son las encargadas de hacer relaciones con el mundo de afuera, con una sonrisa saluda y anuncia que la Madre Superiora atenderá la visita.
Lleva un hábito color marrón oscuro que solo dejar ver su rostro y es anudado por un cordón beige que tiene tres nudos que significan: pobreza, obediencia y castidad.
Luego de unos minutos aparece la superiora a través de una malla metálica que la separa del exterior. Blanca, ojos claros y estatura mediana, expresa su disposición a responder las preguntas de El Pilón. Pero la intención es entrar al monasterio de la comunidad de las clarisas enclaustradas, que desde su fundación hace 800 años, se han caracterizado por el mínimo contacto con el mundo.
De ellas, solo se conoce que venden pan en un canasto por las calles, que visten un hábito color café y que calzan sandalias en vez de zapatos.






