Porque es como si alguien hubiera estrangulado de pronto una paloma, o sembrado de cactus y de acero todos los parques del mundo. Como si a manotadas precisas y tremendas hubiera llenado de lodo la sonrisa de un niño en diciembre, o hubiera detenido la brisa para romper el vuelo prisionero de las cometas.
Porque, sabe usted, había cometas. Las había de todos los colores y de todas las maneras. Estrella, Flor de Lis, Coronel, con apretados runrunes y perendengues que el viento deshacía con el zumbar que tienen las cometas bien voladas. Las había con varillas vegetales que de puro alegres se traían los árboles a la ciudad.
Porque las varillas de las cometas nunca dejan de ser árboles, si es que la guadua puede llamarse de esta manera. Yo recuerdo los niños de los pueblos, y los hombres de los pueblos, y las muchachas del mar, escogiendo las varillas para sus cometas naturales. Tenían que ser fuertes y livianas y llenas de aire como los huesos de las palomas: porque una cometa no es sino una paloma a la que han forrado de papel. Yo los veía entrar a sus casas con las pequeñas manos llenas de trozos de monte, que ya de puro sospechar que iban a ser cometas les pesaban menos. Porque, sabe usted, la caña que va a ser cometa, como la madera de las jaulas de pájaros de García Márquez, lo sabe ya de antemano. Yo recuerdo también las muchachas que fabricaban cometas junto al mar. Cometas hechas con astillas de los polines, que de tanto ser heridos por las quillas de los botes iban soltando pedazos de cometas en la playa. Y esas cometas, hechas con guaduas que conocen el mar, eran como barcos a los que hubieran amarrado un cordel. Porque los barcos y las cometas son la misma cosa, yo nunca supe bien si las que me regalaban las muchachas eran para volarlas o para tirarlas al mar.






