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Carmen Baute, ejemplo de voluntad y servicio

Después de estar más de cuatro décadas en las Damas Rosadas, Carmen Baute a sus 88 años recuerda anécdotas y momentos felices.

Carmen Baute, ejemplo de voluntad y servicio

Carmen Baute, ejemplo de voluntad y servicio

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Doña Carmen Graciela no imagina la llegada de su cumpleaños número 89. Esta dama vallenata, lo esperará como un día normal en la alcoba de su casa, después de levantarse, bañarse y sentarse muy temprano a recibir la aurora.
Se sienta en una mecedora, frente a una ventana donde recibe aire fresco, como le gusta sentirse al hablar. Así recibió la visita del Diario EL PILÓN y como toda anfitriona, brindó una taza de café.
Carmen Graciela Baute de Cuel, es una de las creadoras de las Damas Rosadas en Valledupar. Trabajando por la fe llegó a todos los barrios de esta ciudad, cuando crecía por el centro y algunos sectores del norte.
“Me provocó meterme (a las Damas Rosadas) por la voluntad de otras compañeras y gracias a Dios logramos ayudar a los demás. Siempre habíamos entre 25 o 30, algunas tenían sus ocupaciones pero luchábamos”, dice.
Algunos de esos extraordinarios recuerdos de trabajo social que quedaron en el baúl de los recuerdos, trata de escudriñarlos, y reconoce que su memoria a veces le falla, pero hay tres cosas imborrables que difícilmente olvida: el número de cédula, dirección de su casa y el número de teléfono.

“Nosotros muchos favores a las personas humildes, esas personas que no tenían como poner sus hijos al colegio y le damos becas, los ayudábamos”: Carmen Baute.

Recuerda anécdotas y vivencias en la finca El Carmen, heredada de sus padres, que se ubica kilómetros antes de llegar al corregimiento Valencia de Jesús, al sur de Valledupar.
“En mi casa no querían que me casara con mi marido porque era italiano. De todas maneras nos fuimos a vivir a la finca. Una vez Hermes recibió la hechura de una cerca y yo le dije que si no se había recostado, él me decía para qué, y yo decía para que comprobara sí estaba bien. Al rato fue y se recostó a la cerca y casi se cae él también… risas…”, conmemora.
Ya casada con Hermes Cuel Cuel, Carmen tomó las riendas del hogar conformado por Luisa Céspedes de Baute y Nicolás Baute, sus padres, y se inclinó además por hacer favores a personas humildes, a tal punto que entregaba becas a niños de bajos recursos para estudiar.
En su forma de hablar no es difícil darse cuenta que el tiempo de lucha para Carmen Graciela ha sido mucho, ayudando a tantas personas, que a veces se olvidan de los favores recibidos.
“Nosotros hicimos muchos favores a las personas humildes, esas personas que no tenían como poner sus hijos al colegio y le damos becas, los ayudábamos. Los recursos salían de una cuota mensual de las Damas Rosadas; es muy rara la persona que reconoce lo que uno hizo, pero no me arrepiento nunca de haberlo hecho”, aduce en tono acongojado.
Para resolver o ayudar por medio de la sociedad sin ánimo de lucro, el grupo de mujeres se reunía en varias ocasiones a la semana y destinaban actividades equitativamente.
“Tengo muchas personas que no recuerdo, se me olvidan. Pero sigo siendo la misma de siempre, aunque el respeto y la fe se acabó”, asegura.
Sobre el debate en la comunidad cristiana por la ausencia de demostración de fe, sobre todo en la juventud, advierte que “no quieren aprender, ni ir a misa. Todo va cambiando, por eso ahora Valledupar es inmenso”.
Tras días de lucha, venta de carbón, y actividades en la finca, Carmen, junto a su esposo levantó a sus cuatro hijos con rumbo a un camino exitoso: Carlos Alberto (ingeniero), Marvin (arquitecto), Olindo (médico veterinario) y Margarita (la menor), todos bajo el tesón de su crianza. Hoy los considera ejemplo de la sociedad.

Todo es distinto
En los últimos años, una de las cosas que mayor curiosidad le causó fue no encontrar platos para comer en un prestigioso restaurante de la ciudad y fue tanta la incertidumbre que decidió no comer. “Yo si vi que pusieron un pollo en la mesa, pero no veía que llevaban los platos. Después pregunté y me dijeron que no iban a poner, que era con guantes y yo no me comí eso”.
Con el pasar de tantos años de servicio a la comunidad, hoy descansa en su residencia ubicada en la carrera cuarta, en el barrio Centro. Observa la sociedad por televisión y la escucha por noticias, por eso cree que “todo es distinto”.
“Ahí está la finca hasta que yo me muera. Todo lo hecho con el grupo de Damas Rosadas y el cariño por mi esposo y mis hijos”. Puntualizó.

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