Cuando la vi, me quedé paralizado. Respiré profundo y haciendo gala de mi espontaneidad, la saludé con la esperanza de un cambio en su rostro serio e intimidante. El resultado fue instantáneo. No solo me respondió con un tono de voz más alto al que yo había utilizado para entrar en confianza, sino que me regaló una leve sonrisa que logró calmar mi duda de si podía continuar con la conversación que iniciaba.
Había entrado a El Hueco, con el firme propósito de probar uno de esos manjares que lo transportan a uno a la infancia, pero que claramente, en mi caso, no había hecho su más firme propósito de convencerme a seguir comiéndolo por siempre. Recuerdo que pocas veces lo probé y tal vez, había perdido la presencia de su sabor. Ya muchos me habían convencido que era ahí donde debía probar el mejor que se hacía, por lo menos, en Valledupar.
– ¿Qué va a comer?, me pregunta Edith sin vacilación






