A las 5:50 de la mañana, cuando el cielo apenas se despeja sobre el bosque seco tropical, ya hay un niño esperando a la orilla de la vía destapada en La Vega Arriba. Su mamá lo deja allí, con el uniforme limpio, la mochila al hombro y una instrucción que mezcla fe y resignación: “Hijo, si pasa alguien, un papá con un carrito, le pido y me lo llevan”. No hay ruta escolar oficial todavía. No la hubo el año pasado en el primer mes, ni ningún año. Todo indica que este año será igual.
Gael y Antonella Barros Arrieta, mellizos cursando octavo grado, forman parte de esa tradición no escrita de estudiantes que aprenden, desde niños, a defenderse en la carretera antes que en el salón. Toda la familia, por parte de padre y madre, ha estudiado en la Institución Educativa de Patillal. Su hermana mayor, sus primos, sus vecinos: todos han conocido el mismo suplicio de conseguir cómo llegar y regresar del colegio.
En Valledupar, la situación de Patillal, La Vega Arriba, Río Seco y Atánquez no es una excepción, sino el reflejo de una estructura mucho mayor: las 47 instituciones educativas oficiales de la capital del Cesar agrupan 62 sedes urbanas y 121 rurales, donde cada inicio de calendario escolar se repite la misma escena, sin transporte escolar ni programa de alimentación, aunque la Institución Educativa de Patillal empezará a ofrecer alimentación desde el 2 de febrero a sus estudiantes.
Los estudiantes de Río Seco, La Vega Arriba y Atánquez visten el uniforme escolar de la Institución Educativa de Patillalmientras esperan un chance o caminan bajo el sol, en medio de la crisis de transporte que marca el inicio de clases. Foto: EL PILÓN.
La secretaria de Educación municipal, Karol Soto, explicó a Caracol Noticias que el contrato de transporte está todavía en etapa precontractual y que “todo va a la formalidad”, argumentando que al comienzo de año siempre hay ajustes por cambios salariales, actualización de coberturas y trámites administrativos que retrasan la puesta en marcha del servicio. Soto advirtió que las rutas escolares seguirán demoradas hasta que termine el proceso contractual, prolongando la incertidumbre para familias y estudiantes que dependen de ese bus para poder seguir estudiando.
“En la mañana es fácil, en la tarde es cuando duele”
Gael lo resume con una claridad que desarma: en la mañana es más sencillo. Hay más movimiento, más motos, más carros, más buena voluntad. En la tarde, bajo los 33 grados de las 1:30 p.m., la historia se parte en dos: los que alcanzan un chance y los que se van a pie.
Entre La Vega Arriba y Patillal calculan unos cinco kilómetros, un tramo que puede parecer poco en carro, pero que se vuelve eterno cuando se camina a esa hora, con el sol golpeando la tierra reseca y el viento caliente levantando polvo. “Ellos se vienen en chance. Y si no consiguen chance… no, eso, un poquito, un poquito caminando”, cuenta Gael, como quien ya naturalizó una rutina peligrosa.
La escena se repite con Río Seco y Atánquez: estudiantes que dependen de la suerte, de la solidaridad ocasional de un conductor o de la capacidad de sus padres para pagar una moto o tener vehículo propio. “Aquí prácticamente todo el mundo tiene moto”, dicen algunos, pero enseguida aclaran: eso no significa que todo el mundo pueda usarla para llevar y recoger a sus hijos todos los días, a la hora exacta, con las lluvias, la inseguridad y el trabajo empujando en contra.
La presión como mecanismo de transporte
En la memoria de Gael hay un libreto aprendido a punta de necesidad: cuando no llega el transporte escolar, toca organizarse para presionar. “Los de 11 pues tenían esa tradición… lo primero que se hizo fue hablar con una madre de familia de Patillal que es la señora Ebilza Luz Borrego”, recuerda. Primero se habla con ella, luego se recogen firmas, después se redacta una carta a la Secretaría de Educación.
Si nada de eso funciona, viene el paso que todos conocen, aunque nadie quiera: “La única forma de que nos den alguna pista del transporte es que cerremos el portón. Porque así se entern los medios, así tenemos más posibilidad de que la Secretaría de Educación se entere para así poder poner el transporte”, confiesa otro estudiante. El bus no aparece por planificación, sino por escándalo. La protesta no es un último recurso, sino el único interruptor visible para activar derechos básicos.
Luisa Noros, madre de familia de un estudiante de la Institución Educativa de Patillal. Foto: EL PILÓN.
En años anteriores, una profesora de la primaria de La Vega Arriba lideró la gestión para que se asignaran dos buses en vez de uno. Padres de familia firmaron, el colegio ofició, y finalmente lograron que la ruta no se limitara a un solo viaje con estudiantes apretados, los buses tienen capacidad para 40 estudiantes; sin embargo, la cantidad de estudiantes que recoge la ruta es mucho mayor y relatan que muchas veces van tres niños en una sola silla. “Es muchísimo mejor que pongan dos buses”, explica Gael. Antes, los de sexto a octavo iban en el primer recorrido; los mayores, de noveno a once, en el segundo. Pero el aumento en la matrícula desde Río Seco hizo que, en la práctica, un bus no fuera suficiente.
Chance, miedo e inseguridad
En el relato de las madres, el transporte no es solo un tema de comodidad, sino de miedo. “A veces uno está esperando que vengan y ya llegan tarde. Uno se preocupa porque ahora, mire cómo está la situación, tanta inseguridad, se los llevan, los llaman, y uno no sabe si están seguros o no, porque del colegio pues lo sueltan, cierran el colegio y ellos quedan afuera”, dice Luisa Noros, madre de un estudiante.
Los docentes, por su parte, aparecen en medio de una tensión legal y ética. Los muchachos cuentan que “el secretario de Educación dijo que los profesores no podían parar a llevar estudiantes”, y que muchos maestros aseguran tener prohibido transportar estudiantes. Algunos, discretamente, rompen la regla cuando pueden; otros se niegan, temerosos de sanciones o de un accidente que termine convirtiendo la solidaridad en responsabilidad penal.
Mientras tanto, los jóvenes se acostumbran a hacer dedo. “En estos últimos 15 días estábamos pidiendo chance. A carros, motos, a lo que sea, la ida y de regreso”, relata David Orozco, estudiante de 11 de La Vega Arriba. La frase “a lo que sea” no es una exageración: es la medida de la urgencia. Cuando no hay bus y no hay moto familiar disponible, caminar por la vía o subirse a un vehículo desconocido se vuelve la única alternativa para no perder clases.
Un ciclo que se repite cada febrero
Los testimonios coinciden en un punto: el problema no es nuevo. “Siempre es lo mismo con el transporte. Claro que lo pongan cuando entremos o por el estilo”, comenta un estudiante, cansado de la rutina de empezar año sin ruta. Una madre lo confirma: “Siempre la cuestión es que no inicia con la jornada escolar y el transporte, siempre pues a finales de febrero o inicios de marzo”.
Ese vacío de un mes —o más— no es un simple desfase administrativo. Son semanas en las que niños y jóvenes estudian con la angustia de no saber cómo volver a casa, en las que algunos padres tienen que levantarse más temprano, gastar más dinero en gasolina o en mototaxis informales, o confiar en que alguien, en algún punto de la vía, se apiade de sus hijos.
Mientras la jornada única, el almuerzo escolar y otros programas se anuncian y se celebran, el transporte sigue llegando tarde, como si fuera un lujo y no una condición mínima para ejercer el derecho a la educación en zonas rurales. Para Gael, Antonella, David y decenas de niños de Río Seco, La Vega Arriba y Atánquez, estudiar significa, antes que abrir un cuaderno, jugarse la suerte en la carretera: extender la mano, pedir un chance y esperar que, esta vez, alguien se detenga.












