Cuando ocurrió el golpe de Estado en Chile, el 11 de septiembre de 1973, yo era apenas era una niña y Valledupar era el escenario donde transcurría mi tranquila y feliz existencia.
Recuerdo que pocos meses antes de esa fatídica fecha, mi papá -Augusto Ramírez, más conocido como ‘El Chileno’- recibió la fugaz visita de un primo que venía procedente de Moscú rumbo a Santiago, acompañado de su hijo menor, un estudiante universitario que al parecer había ingresado a la Universidad Patricio Lumumba.
A mi memoria vienen frágiles imágenes de este pariente que hablaba con encendido entusiasmo sobre las maravillas del gobierno de Salvador Allende y la promesa de “empezar a caminar por las esperanzadas alamedas del socialismo”i, dejando en mi papá la inquietud de retornar pronto a su tierra natal.






