Uno de los grandes retos para una paz duradera es la atención y aceptación social de la población desmovilizada. Más de cinco mil excombatientes de las autodefensas se desmovilizaron en Valledupar, La Mesa, Chimila y San Martin en el 2006, de los cuales 3.600 ingresaron al Programa de Alta Consejería de la Reintegración Social; los otros no eran de esta zona y regresaron a sus lugares de origen, también hay un gran número que participantes que viven y trabajan en el vecino país de Venezuela.
Aunque para el director de reintegración social, Eduardo Santos Ortega, hay un porcentaje reducido de excombatientes que decidieron seguir delinquiendo, no hay razón para la falta de credibilidad y la desconfianza en el proceso. “No nos interesa tener personas que no estén interesadas en reintegrarse a su comunidad porque estaríamos en una posición absurda de querer retenerlos. Aquí están los que quieren apostar por algo distinto para sus vidas, las de su familia y la del país”, dijo.
Sin embargo, muchos han sentido el estigma de haber pertenecido a las autodefensas o las guerrillas, y prefieren proteger su identidad por seguridad y por temor al señalamiento.
Rafael Antonio Pérez: “Mi hija me puso a pensar “
Rafael Antonio Pérez* ingresó a los 12 años al Ejercito de Liberación Nacional ELN, en 1997 se retiró y en el 2004 ingresó al 59 frente de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC. En el 2008 decidió retirarse después de estar 28 años en medio de las balas.
“A mi no me llevaron. No sé si eran las armas o el uniforme, pero me sentí atraído y me fui con ellos”, dice. Al mes le entregaron un fusil y dijeron que el enemigo era el gobierno al que había que combatir.
Nunca puso en duda su participación en el grupo armado porque según sus palabras, le metieron una psicología muy tremenda que le hacía pensar que estaba luchando a pesar de tener todo el tiempo la vida prestada entre los enfrentamientos armados y la pólvora.
Sin embargo, en medio de tanta muerte y destrucción una pequeña vida, nacida de las entrañas de su compañera, le hizo recapitular su destino. “Cuando nació mi hija, ella me puso a pensar. Pá mi fue la felicidad más grande que he tenido; ese fusil se fue a tierra y el morral quedó sin dueño” afirma.
Rafael encontró la oportunidad de escaparse con la madre de su hija después de un bombardeo a las dos de la mañana, lo que les permitió replegarse, contactar a su familia y luego a las autoridades.
De las cosas que ahora disfruta después de la desmovilización es poder compartir nuevamente con la familia que le quedó porque muchos fueron asesinados por sus actividades. “Pensé que me recibirían con odio por todos los que mataron por mi culpa, pero me recibieron como si nada hubiera pasado”, dice.
Otra de las alegrías que ha tenido después de desmovilizarse fue perfeccionar la lectura y la escritura gracias a los estudios que adelanta en el Programa de Reintegración Social “Estoy en séptimo grado, pero la letra todavía no la mejoro”. En la actualidad tiene dos hijas y su hogar es lo más importante para él.
Para Rafael el proceso de aceptación de la comunidad también depende del comportamiento que tenga cada uno. “Soy vendedor ambulante, eso me abrió las puertas con los proveedores, me he dado a conocer, trabajé en una finca, tiro mezcla hago lo que sea, no me le arrugo a nada”.
El Gobierno Nacional les ha mantenido las puertas abiertas y a través de varios programas de formación para el trabajo se ha superado y continúa junto a sus compañeros en un proceso de permanente formación. Vive en una invasión y está luchando para tener una casa donde vivir. “Le pido al alcalde de Valledupar, que nos de aunque sea el cuadrito y nosotros hacemos el resto”, dice.
A pesar de las dificultades, Rafael piensa ahora en el futuro y cuando sus hijas crezcan les hablará de aquella vida que tuvo para que no cometan el mismo error.






