A Álvaro Martínez lo conocí como pintor, cursaba yo segundo semestre de arquitectura en la Universidad Javeriana, cuando cualquier día helado de la capital, nos tropezamos en los patios de la Piloto que funcionaba en esa época en la carrera 11 con calle 76, si no me falla el disco duro. Buscaba en esos momentos al arquitecto Carlos García Aragón, que estaba estudiando en la misma facultad al lado de Jaime Acuña.
En ese encuentro casual nos tropezamos con Álvaro y me presentó a Jaime Finkelstein un escultor de origen judío que hacia cosas en cartón prensado y dejaba ver las texturas de manera interesante. Ese día, me invitó para que hiciera parte del grupo V-4, idea que pronto cuajó en su apartamento de la calle 57 al frente del estadio el Campín. En ese lugar aparecieron Celso Castro y William Socarrás, artistas plásticos vallenatos que se incorporaron al grupo.
Álvaro, dueño de la idea, nos expresó sus intenciones que basados en la técnica del betún que utilizaba en su trabajo plástico, nos permitiría lograr el objetivo de comercializar masivamente el arte. Esta novedosa idea de grupo a nivel de arte solo se había experimentado en Buenos Aires y nosotros en su momento pusimos en práctica a nivel nacional. Y así fue. Constituimos el grupo que trabajamos largas horas y el producto lo llevamos a participar al Salón Nacional de Artistas en el año 74. Me acuerdo como hoy, que el escultor antioqueño Ronny Vayda nos llevó la obra en su flamante Land Rover descapotado hasta el Museo Nacional. Pero el cuento de Álvaro no estaba allí, en ese episodio que marcaría para él y para nosotros el sendero del arte, empezaba a escucharse en los corrillos bogotanos las acciones del grupo V-4 y fue el Maestro Enrique Grau quien nos patrocinó y con aliento de mecenas nos llevaría al museo de Arte Moderno de Cartagena.






