La Casa de la Cultura de Valledupar estuvo llena. Era la escritora Agustina Bazterrica, y el motivo del encuentro, organizado en el marco del PosFelva, era conversar sobre literatura, escritura y las preguntas que sus libros ponen sobre la mesa. El auditorio repleto y la transmisión en vivo, que funcionó impecablemente, dejaron una imagen que vale la pena destacar: en Valledupar hay público para escuchar ideas, conocer escritores y participar en conversaciones que no necesariamente terminan con una respuesta compartida. La literatura viene convocando hace rato; en este mismo mes tuve la fortuna de enriquecer el espíritu asistiendo a dos lanzamientos literarios: el de Wilfrido Rodríguez Orozco, quien participa en la antología ‘Los 11 de Calibán’, que reúne relatos de autores del Caribe colombiano, y el de ‘Raíces’, de Tomás Darío Gutiérrez, una investigación histórica, etnográfica y musicológica que da cuenta de nuestra historia y lo ratifica: nuestro Valle, cuando encuentra espacios, lectores y organizaciones dispuestas a respaldar la cultura, puede convertirse en una parte importante de la vida cultural de la ciudad.
Este tercer encuentro tuvo momentos de humor, preguntas incómodas y reflexiones que merecen continuar más allá del recinto. Bazterrica habló de sus libros, de su formación como escritora, de la lectura como una manera de conocer otras vidas y de asuntos tan cotidianos como la alimentación y los roles que todavía les asignamos a las mujeres. Lo interesante no fue solamente escuchar a una autora reconocida internacionalmente. Fue comprobar que, a través de una conversación literaria, también se puede hablar de la sociedad que somos y de la que queremos llegar a ser. Uno de los asuntos más interesantes fue la aclaración de Bazterrica sobre Cadáver exquisito, su novela más conocida.
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Su argumento plantea una sociedad en la que, después de una crisis que acaba con los animales destinados al consumo, se legaliza la cría y el procesamiento de seres humanos para satisfacer la demanda de carne. Es una ficción extrema, deliberadamente perturbadora, que obliga a pensar en la deshumanización, el consumo y la facilidad con que una sociedad puede acostumbrarse a prácticas que antes habría considerado inadmisibles. Sin embargo, la autora ha insistido en que su intención no es convertir a sus lectores en vegetarianos ni escribir un panfleto. Ha explicado que respeta las decisiones individuales y que la alimentación también está condicionada por la salud y las circunstancias de cada persona. De hecho, ha contado que tuvo que modificar su propia dieta por razones médicas. Su esposo, según lo que ella misma ha compartido, también consume carne. A veces leemos una novela, nos impacta su argumento y suponemos que su autor pretende que todos adoptemos una conducta determinada. Pero una obra literaria puede plantear un problema sin entregar una instrucción para resolverlo. Puede cuestionar un sistema sin exigir que cada lector llegue exactamente a la misma conclusión.








