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Columnista - 25 mayo, 2013

Gato muerto.

El olor a mortecina que baja del techo tiene a todo el mundo con dolor de cabeza y mal genio.

Por Jarol Ferreira Acosta

1. El olor a mortecina que baja del techo tiene a todo el mundo con dolor de cabeza y mal genio. Inicialmente piensas en una rata pero el hedor es tan intenso que supones es uno de tus gatos; con ese presentimiento te vas a llevar a tu mamá a otra de sus citas médicas, dejando a tu papá al cuidado de una enfermera.

Al regresar del fiasco a tu casa ni siquiera pitas para que Lina (la sirvienta) te abra el garaje, para agilizar, porque a veces Lina es un poco lenta, se hace la lenta. Al entrar el olor es insoportable. Entonces sacas tu cicla y llegas a la casa del Negro, un señor que desde siempre ha ayudado con los menesteres domésticos. 

2. El Negro se mete al cielo raso y sale diciendo que eso no parece un gato sino un perro, y que necesita ayuda y una bolsa más grande porque él solo no puede con ese animalote. ¿De qué color es? Pregunta tu mamá- Blanco y negro. Entonces tienes la certeza de que es tu gato.

Te tapas nariz y boca con una camiseta y trepas a ayudar al Negro a bajar al minino podrido. Hace tres días no bajaba a comer y a maullar, que básicamente es lo que hacen los gatos. Por eso sospechaste, aunque siempre con la esperanza de que no fuera él sino otro de los gatos que rondan la manzana y que por libertinos tantos vecinos les tienen rabia. Morir envenenado tu pobre gato. Y pensar que hasta Reiki a distancia le hizo un día una maestra de esa disciplina, cuando una infección estomacal lo puso mal y te tocó gastar una fortuna en antibióticos y veterinario para rapárselo de sus huesudas garras a la muerte gatuna, que trabaja más por lo de las múltiples vidas de esos animales.

Qué bueno uno con varias vidas para gastar, como en los videojuegos: te entierran una espada que te atraviesa de cabeza a pies, o te hace explotar en mil pedacitos un rayo láser o te aplasta el cráneo un terodáctilo; oprimes un botón y quedas nuevecito, como si nada.

3. El Negro hace tremendo escándalo por la pestilencia del gato muerto, y hasta se fuma un cigarrillo en el patio para quitarse la hediondez que se le mete hasta la garganta. Aunque fuiste tú el que más trabajó porque lo cargaste en la bolsa, lo bajaste del cielo raso y le pagaste a un moto taxista para que lo botara bien lejos. 

4. Remuneras al Negro, que dice que no iba a cobrar pero que… El Negro sale por la puerta del garaje, el olor a mortecina persiste en toda la casa, a pesar de las velitas que prendes, los ventiladores, el Límpido y el Varsol, esparcidos como incienso y agua bendita contra el metano en el ambiente. 

 

Columnista
25 mayo, 2013

Gato muerto.

Feel the sand on your feet, not your wardrobe weight.
Jarol Ferreira

El olor a mortecina que baja del techo tiene a todo el mundo con dolor de cabeza y mal genio.


Por Jarol Ferreira Acosta

1. El olor a mortecina que baja del techo tiene a todo el mundo con dolor de cabeza y mal genio. Inicialmente piensas en una rata pero el hedor es tan intenso que supones es uno de tus gatos; con ese presentimiento te vas a llevar a tu mamá a otra de sus citas médicas, dejando a tu papá al cuidado de una enfermera.

Al regresar del fiasco a tu casa ni siquiera pitas para que Lina (la sirvienta) te abra el garaje, para agilizar, porque a veces Lina es un poco lenta, se hace la lenta. Al entrar el olor es insoportable. Entonces sacas tu cicla y llegas a la casa del Negro, un señor que desde siempre ha ayudado con los menesteres domésticos. 

2. El Negro se mete al cielo raso y sale diciendo que eso no parece un gato sino un perro, y que necesita ayuda y una bolsa más grande porque él solo no puede con ese animalote. ¿De qué color es? Pregunta tu mamá- Blanco y negro. Entonces tienes la certeza de que es tu gato.

Te tapas nariz y boca con una camiseta y trepas a ayudar al Negro a bajar al minino podrido. Hace tres días no bajaba a comer y a maullar, que básicamente es lo que hacen los gatos. Por eso sospechaste, aunque siempre con la esperanza de que no fuera él sino otro de los gatos que rondan la manzana y que por libertinos tantos vecinos les tienen rabia. Morir envenenado tu pobre gato. Y pensar que hasta Reiki a distancia le hizo un día una maestra de esa disciplina, cuando una infección estomacal lo puso mal y te tocó gastar una fortuna en antibióticos y veterinario para rapárselo de sus huesudas garras a la muerte gatuna, que trabaja más por lo de las múltiples vidas de esos animales.

Qué bueno uno con varias vidas para gastar, como en los videojuegos: te entierran una espada que te atraviesa de cabeza a pies, o te hace explotar en mil pedacitos un rayo láser o te aplasta el cráneo un terodáctilo; oprimes un botón y quedas nuevecito, como si nada.

3. El Negro hace tremendo escándalo por la pestilencia del gato muerto, y hasta se fuma un cigarrillo en el patio para quitarse la hediondez que se le mete hasta la garganta. Aunque fuiste tú el que más trabajó porque lo cargaste en la bolsa, lo bajaste del cielo raso y le pagaste a un moto taxista para que lo botara bien lejos. 

4. Remuneras al Negro, que dice que no iba a cobrar pero que… El Negro sale por la puerta del garaje, el olor a mortecina persiste en toda la casa, a pesar de las velitas que prendes, los ventiladores, el Límpido y el Varsol, esparcidos como incienso y agua bendita contra el metano en el ambiente.