FESTIVAL VALLENATO

El vallenato: entre la memoria, la deuda, la oportunidad y la economía del conocimiento.

Debemos centrarnos en quienes viven y sienten este folclor como propio; esos son los verdaderos vallenatos, indistintamente de su lugar de nacimiento, pues son ellos —quienes lo consumen, lo preservan y lo proyectan— el soporte fundamental de su permanencia y evolución.

Eistin-Arce-Mejía, columnista de EL PILÓN.

Eistin-Arce-Mejía, columnista de EL PILÓN.

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El vallenato no nació en academias ni en auditorios; nació en corrales, en el campo, en las veredas, en las parrandas, en la memoria viva de un pueblo. Lo que ayer hacía bulla en una esquina, hoy alegra a Hispanoamérica y al mundo entero. Tanto ha sido su auge, que el río Guatapurí pareciera ir ganando una disputa simbólica frente al Amazonas y el Nilo: no por su cauce, sino por sus melodías.

El Festival de la Leyenda Vallenata, creado como vitrina para nuestros compositores, acordeoneros, cajeros, guacharaqueros y cantantes, ha cumplido un papel histórico invaluable. Allí han nacido canciones importantes; sin embargo, los verdaderos himnos del vallenato no siempre han estado en ese certamen o han sido desestimados: obras que han cruzado fronteras y que parecen tener vida propia han encontrado otros caminos.

Esto puede ser consultado en el libro del escritor Carlos Alberto Ramos, Descifrando el significado de las canciones, donde describe la ruta de obras insignes que no lograron florecer en el certamen, siendo hoy clásicos como A mis hijos por qué, Canasta de ensueño, Mi gran amigo, Luna sanjuanera, entre otras. A puertas de sus 60 años del Festival de la Leyenda Vallenata, surgen preguntas necesarias e impostergables.

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