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Editorial - 17 febrero, 2010

Faltó algo en el informe…

Cómo no abonarle a la administración municipal la correspondencia democrática para con sus conciudadanos de rendirles informe de su gestión cumplidos los primeros cien días de su gestión. Tal cual se encomió a la administración departamental en sus dos años de gobierno, las loas ahora le pertenecen al mandatario municipal. En apariencia, cien días es […]

Cómo no abonarle a la administración municipal la correspondencia democrática para con sus conciudadanos de rendirles informe de su gestión cumplidos los primeros cien días de su gestión. Tal cual se encomió a la administración departamental en sus dos años de gobierno, las loas ahora le pertenecen al mandatario municipal.

En apariencia, cien días es poco tiempo para mostrar obras, pero es bastante para indicar inequívocamente el norte y el perfil de un gobierno. Es decir, los cien días es un tiempo suficiente adicional dado a una administración para hacer visible ante sus conciudadanos qué va a hacer el gobierno, cómo y cuándo.

En ese contexto hay que analizar el informe de los cien días recién presentado, afirmando que el alcalde conserva su capacidad de convocación a  juzgar por la nutrida concurrencia presente. De hecho, había que marcar diferencia metodológica con el ejercicio departamental, optándose por la exhibición sectorial de cada secretaría, revelándose las fortalezas y las debilidades del equipo de secretarios, pero acaso sacrificando la unidad y coherencia de la misma evaluación.

El análisis evaluativo ha de hacerse con honradez para que efectivamente le sirva de reflexión a la administración municipal. En otras palabras, abogamos por no perdernos en la robustez de un árbol de manera que nos prive de la visión panorámica del bosque.

El informe es rico en líneas delgadas, en acciones mediáticas, que al ser consideradas y bien planteadas por la administración revelan el talante de buena fe de que está imbuido el mandatario municipal, en contraste además con muchos de sus antecesores. Continuar las obras inconclusas es un excelente mensaje de pertenencia y pudor público para la ciudadanía. Reparchar la malla vial de la ciudad es buena cosa mientras pueda reconstruirse totalmente.  Descentralizar la cultura para llevarla a los barrios y corregimientos, aprovechando seguramente los talentos propios e inéditos de esos lugares, es otra excelente propuesta.

Otras muchas iniciativas de ese tenor se esbozaron por cada una de las secretarías, pero queda un saborcito un tanto amargo al echarse de menos la línea gruesa, ese norte ambicioso pretendido por los estadistas para ganarse en la historia un sitial preponderante. Algo faltó, como un plan ambicioso y coherente que, a pesar de las limitaciones del municipio, articulara los esfuerzos de toda la administración y se lo propusiera como el programa representativo.

A no ser que el énfasis lo haga recaer la administración en el robustecimiento de la hacienda pública. Estaría bien pensado, pues se atacaría la mayor debilidad y amenaza del municipio, su precariedad financiera, apoyándose en la mejor de su fortaleza, su secretario más representativo, el de Hacienda. A la par que se es inventivo y tenaz y no politiquero para recuperar la cuantiosísima cartera morosa y procurar nuevos ingresos, también se puede ser diligente en la gestión para obtener de las instancias departamentales y nacionales significativos recursos que ayuden a paliar tantas necesidades básicas insatisfechas. Sólo así podrán concretarse obras como los megacolegios, el SITPV, el saneamiento básico para los corregimientos, etc.

Al margen del informe, o acaso por él, debe reconocerse que la anémica situación del municipio requiere no una cualquiera o adocenada gestión al frente de la administración, sino una colosal capaz de arrebatarle el moribundo al mundo del más allá. Y esa labor no puede ser sino colectiva, de toda la ciudadanía.

Y aquí percibimos cierto vacío de poder. Diera la impresión de que el alcalde no se sintiera a gusto con los círculos de poder social y económico de la ciudad, ni con los estratos altos, esa pequeña minoría con la suficiente capacidad para mover nuestro pequeño cosmos; esa y toda exclusión es perjudicial, pues todos los sectores son necesarios para sacar adelante a Valledupar. La preferencia y empatía con sectores populares no puede ser pretexto y escondite para la exclusión de otros.

Editorial
17 febrero, 2010

Faltó algo en el informe…

Cómo no abonarle a la administración municipal la correspondencia democrática para con sus conciudadanos de rendirles informe de su gestión cumplidos los primeros cien días de su gestión. Tal cual se encomió a la administración departamental en sus dos años de gobierno, las loas ahora le pertenecen al mandatario municipal. En apariencia, cien días es […]


Cómo no abonarle a la administración municipal la correspondencia democrática para con sus conciudadanos de rendirles informe de su gestión cumplidos los primeros cien días de su gestión. Tal cual se encomió a la administración departamental en sus dos años de gobierno, las loas ahora le pertenecen al mandatario municipal.

En apariencia, cien días es poco tiempo para mostrar obras, pero es bastante para indicar inequívocamente el norte y el perfil de un gobierno. Es decir, los cien días es un tiempo suficiente adicional dado a una administración para hacer visible ante sus conciudadanos qué va a hacer el gobierno, cómo y cuándo.

En ese contexto hay que analizar el informe de los cien días recién presentado, afirmando que el alcalde conserva su capacidad de convocación a  juzgar por la nutrida concurrencia presente. De hecho, había que marcar diferencia metodológica con el ejercicio departamental, optándose por la exhibición sectorial de cada secretaría, revelándose las fortalezas y las debilidades del equipo de secretarios, pero acaso sacrificando la unidad y coherencia de la misma evaluación.

El análisis evaluativo ha de hacerse con honradez para que efectivamente le sirva de reflexión a la administración municipal. En otras palabras, abogamos por no perdernos en la robustez de un árbol de manera que nos prive de la visión panorámica del bosque.

El informe es rico en líneas delgadas, en acciones mediáticas, que al ser consideradas y bien planteadas por la administración revelan el talante de buena fe de que está imbuido el mandatario municipal, en contraste además con muchos de sus antecesores. Continuar las obras inconclusas es un excelente mensaje de pertenencia y pudor público para la ciudadanía. Reparchar la malla vial de la ciudad es buena cosa mientras pueda reconstruirse totalmente.  Descentralizar la cultura para llevarla a los barrios y corregimientos, aprovechando seguramente los talentos propios e inéditos de esos lugares, es otra excelente propuesta.

Otras muchas iniciativas de ese tenor se esbozaron por cada una de las secretarías, pero queda un saborcito un tanto amargo al echarse de menos la línea gruesa, ese norte ambicioso pretendido por los estadistas para ganarse en la historia un sitial preponderante. Algo faltó, como un plan ambicioso y coherente que, a pesar de las limitaciones del municipio, articulara los esfuerzos de toda la administración y se lo propusiera como el programa representativo.

A no ser que el énfasis lo haga recaer la administración en el robustecimiento de la hacienda pública. Estaría bien pensado, pues se atacaría la mayor debilidad y amenaza del municipio, su precariedad financiera, apoyándose en la mejor de su fortaleza, su secretario más representativo, el de Hacienda. A la par que se es inventivo y tenaz y no politiquero para recuperar la cuantiosísima cartera morosa y procurar nuevos ingresos, también se puede ser diligente en la gestión para obtener de las instancias departamentales y nacionales significativos recursos que ayuden a paliar tantas necesidades básicas insatisfechas. Sólo así podrán concretarse obras como los megacolegios, el SITPV, el saneamiento básico para los corregimientos, etc.

Al margen del informe, o acaso por él, debe reconocerse que la anémica situación del municipio requiere no una cualquiera o adocenada gestión al frente de la administración, sino una colosal capaz de arrebatarle el moribundo al mundo del más allá. Y esa labor no puede ser sino colectiva, de toda la ciudadanía.

Y aquí percibimos cierto vacío de poder. Diera la impresión de que el alcalde no se sintiera a gusto con los círculos de poder social y económico de la ciudad, ni con los estratos altos, esa pequeña minoría con la suficiente capacidad para mover nuestro pequeño cosmos; esa y toda exclusión es perjudicial, pues todos los sectores son necesarios para sacar adelante a Valledupar. La preferencia y empatía con sectores populares no puede ser pretexto y escondite para la exclusión de otros.