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Columnista - 4 abril, 2013

Estudiantes de milagros

En este tiempo de dificultades, considero de vital importancia que aprendamos a ser estudiantes de milagros, que de cara a las circunstancias de la vida, por simple instinto logremos pasar del modo natural al modo sobrenatural.

Por: Valerio Mejia

“Porque aún no habían entendido lo de los panes, por cuanto estaban endurecidos sus corazones”.

San Marcos 6:52

En este tiempo de dificultades, considero de vital importancia que aprendamos a ser estudiantes de milagros, que de cara a las circunstancias de la vida, por simple instinto logremos pasar del modo natural al modo sobrenatural. Esto significa que los milagros que experimentamos deben moldear lo que pensamos. Los milagros son supresiones temporales de las leyes naturales, reemplazadas por leyes sobrenaturales; pero ante todo, están diseñados para entrenarnos a ver de manera diferente. Un milagro es una escuela. Tiene efectos pedagógicos que procura extraer de nosotros una nueva perspectiva de las cosas, que aprendamos a ver de manera diferente.

En ocasiones, cuando Dios hace un milagro, decimos: “¡Esto es fantástico! ¡Maravilloso!” pero seguimos sin ningún cambio. Nos vamos a nuestros hogares y nuestra vida continúa con los mismos moldes de siempre, solamente que ahora tenemos una cosa entretenida que contar: ¡vimos a Dios actuar!

En el pasaje de la referencia, los discípulos de Jesús participaron del milagro alucinante de la multiplicación de los panes y los peces. En realidad, la multiplicación se realizó en sus manos porque Jesús bendijo, partió y lo dio a sus discípulos para que ellos repartiesen a la multitud. Pero más tarde, ese mismo día, cuando cruzaban al otro lado del lago, detenidos por la tormenta, Jesús se acercó a ellos caminando sobre las aguas y cuando lo vieron gritaron de temor. Él sube al bote y el viento y las olas cesan, pero los discípulos estaban asombrados y maravillados porque aun no habían entendido lo de los panes, por cuanto estaban endurecidos sus corazones.

En la Multiplicación, los discípulos hicieron todo lo que Jesús les ordenó hacer, y sin embargo cuando llegaron al siguiente problema, salió a la luz que no habían aprendido la lección del problema anterior. No habían visto a través del milagro. El milagro no los había transformado ni les había dado una nueva perspectiva de la realidad de Dios en sus vidas. Podemos ser obedientes e incluso instrumentos de milagros en las manos de Dios y aún así perdernos la lección del milagro, evitando que la semilla de transformación penetre y se arraigue en nuestro corazón.

Amados amigos lectores: ¿Cuál era la lección que deberían haber aprendido? Deberían haber visto el papel que ellos desempeñaron en el milagro de la Multiplicación. Puesto que no lo vieron, la siguiente vez que se enfrentaron a un problema y Jesús no estaba con ellos, no tuvieron la solución. Jesús había dicho: “Denles ustedes de comer” y fue la obediencia, la disposición, la confianza y el toque de ellos lo que hizo que los alimentos se multiplicaran. Y sin embargo, no lo vieron. Así, la dureza de corazón no les permitió establecerse como libertadores, y por eso Jesús tuvo que liberarlos una vez más.

Mi invitación hoy es a convertirnos en estudiantes de milagros, asumiendo el pensamiento del Reino de Dios que sabe que todo es posible en cualquier momento. Los milagros se activan cuando nosotros, con corazones tiernos, nos sometemos a los modelos de pensamiento de Dios, cuando podemos decir “sí” a sus ideas y cuando anhelamos más al que hace los milagros que a los milagros mismos. Cuando dejamos que esos milagros tengan un efecto completo sobre nosotros cambiando nuestra manera de ver y de comportarnos. No desperdiciemos los milagros. No miremos a Dios hacer cosas maravillosas para luego dar un tímido aplauso o un quedo “amén” para luego retirarnos sin haber sido cambiados. Los milagros nos equipan para las tormentas de la vida. Permitamos que los milagros pasados nos entrenen para ver las soluciones presentes. Consintamos que el conocimiento de Dios a través de nuestras experiencias de milagros, cambie para siempre la manera de enfocar nuestra vida.

Oremos juntos: “Querido Dios, Déjame verte en cada intervención y que ellas cambien mi vida para siempre. Gracias por actuar milagrosamente en nuestras vidas. Amén”

Recuerda: Dios quiere hacer milagros y obras portentosas en tu vida. ¿Se lo permitirás?

Saludos y muchas bendiciones…

 

Columnista
4 abril, 2013

Estudiantes de milagros

Feel the sand on your feet, not your wardrobe weight.
Valerio Mejía Araújo

En este tiempo de dificultades, considero de vital importancia que aprendamos a ser estudiantes de milagros, que de cara a las circunstancias de la vida, por simple instinto logremos pasar del modo natural al modo sobrenatural.


Por: Valerio Mejia

“Porque aún no habían entendido lo de los panes, por cuanto estaban endurecidos sus corazones”.

San Marcos 6:52

En este tiempo de dificultades, considero de vital importancia que aprendamos a ser estudiantes de milagros, que de cara a las circunstancias de la vida, por simple instinto logremos pasar del modo natural al modo sobrenatural. Esto significa que los milagros que experimentamos deben moldear lo que pensamos. Los milagros son supresiones temporales de las leyes naturales, reemplazadas por leyes sobrenaturales; pero ante todo, están diseñados para entrenarnos a ver de manera diferente. Un milagro es una escuela. Tiene efectos pedagógicos que procura extraer de nosotros una nueva perspectiva de las cosas, que aprendamos a ver de manera diferente.

En ocasiones, cuando Dios hace un milagro, decimos: “¡Esto es fantástico! ¡Maravilloso!” pero seguimos sin ningún cambio. Nos vamos a nuestros hogares y nuestra vida continúa con los mismos moldes de siempre, solamente que ahora tenemos una cosa entretenida que contar: ¡vimos a Dios actuar!

En el pasaje de la referencia, los discípulos de Jesús participaron del milagro alucinante de la multiplicación de los panes y los peces. En realidad, la multiplicación se realizó en sus manos porque Jesús bendijo, partió y lo dio a sus discípulos para que ellos repartiesen a la multitud. Pero más tarde, ese mismo día, cuando cruzaban al otro lado del lago, detenidos por la tormenta, Jesús se acercó a ellos caminando sobre las aguas y cuando lo vieron gritaron de temor. Él sube al bote y el viento y las olas cesan, pero los discípulos estaban asombrados y maravillados porque aun no habían entendido lo de los panes, por cuanto estaban endurecidos sus corazones.

En la Multiplicación, los discípulos hicieron todo lo que Jesús les ordenó hacer, y sin embargo cuando llegaron al siguiente problema, salió a la luz que no habían aprendido la lección del problema anterior. No habían visto a través del milagro. El milagro no los había transformado ni les había dado una nueva perspectiva de la realidad de Dios en sus vidas. Podemos ser obedientes e incluso instrumentos de milagros en las manos de Dios y aún así perdernos la lección del milagro, evitando que la semilla de transformación penetre y se arraigue en nuestro corazón.

Amados amigos lectores: ¿Cuál era la lección que deberían haber aprendido? Deberían haber visto el papel que ellos desempeñaron en el milagro de la Multiplicación. Puesto que no lo vieron, la siguiente vez que se enfrentaron a un problema y Jesús no estaba con ellos, no tuvieron la solución. Jesús había dicho: “Denles ustedes de comer” y fue la obediencia, la disposición, la confianza y el toque de ellos lo que hizo que los alimentos se multiplicaran. Y sin embargo, no lo vieron. Así, la dureza de corazón no les permitió establecerse como libertadores, y por eso Jesús tuvo que liberarlos una vez más.

Mi invitación hoy es a convertirnos en estudiantes de milagros, asumiendo el pensamiento del Reino de Dios que sabe que todo es posible en cualquier momento. Los milagros se activan cuando nosotros, con corazones tiernos, nos sometemos a los modelos de pensamiento de Dios, cuando podemos decir “sí” a sus ideas y cuando anhelamos más al que hace los milagros que a los milagros mismos. Cuando dejamos que esos milagros tengan un efecto completo sobre nosotros cambiando nuestra manera de ver y de comportarnos. No desperdiciemos los milagros. No miremos a Dios hacer cosas maravillosas para luego dar un tímido aplauso o un quedo “amén” para luego retirarnos sin haber sido cambiados. Los milagros nos equipan para las tormentas de la vida. Permitamos que los milagros pasados nos entrenen para ver las soluciones presentes. Consintamos que el conocimiento de Dios a través de nuestras experiencias de milagros, cambie para siempre la manera de enfocar nuestra vida.

Oremos juntos: “Querido Dios, Déjame verte en cada intervención y que ellas cambien mi vida para siempre. Gracias por actuar milagrosamente en nuestras vidas. Amén”

Recuerda: Dios quiere hacer milagros y obras portentosas en tu vida. ¿Se lo permitirás?

Saludos y muchas bendiciones…