El olor a porqueriza es inevitable, tampoco el temor a una creciente súbita o en el peor de los casos a una avalancha, producto de la fiereza del río Guatapurí. Don Armando Molina Sarmiento vive en el sector de Zapato en Mano, a orillas de la arteria fluvial que en los últimos días amenaza con desbordarse.
El hombre de 57 años no disimula su angustia, pero asegura aprendió a convivir con el ronquido de las aguas que en horas nocturnas son cómplices del silencio. Teme que lo que ha construido durante 32 años sea devorado por la naturaleza. “Uno está aquí a lo que Dios quiera, no le tengo miedo al río, pero sí respeto”.
Su casa está construida en tablas, al lado de una porqueriza, donde se confunde el intenso olor al que ya se acostumbró en medio de la pocilga, convertida en su principal fuente de trabajo. Al lado de sus tres hijos y cuatro nietos, la vivienda del hombre de pinta campesina es tal vez el primer blanco ante cualquier arremetida del río Guatapurí.
















