Mis afanes en escribir datan de años lejanos cuando apenas mi inteligencia podía captar las peregrinas bellezas de un poema. Los poetas y escritores –se me antojaba pensar– eran hombres distintos a todos los demás, sabedores de arcanos maravillosos e inalcanzables.
Y como uno de los primeros libros que devoré fue de un autor anticlerical en sus convicciones, como José María Vargas Vila, su fama de hereje acrecía mi estupor infantil por ese hombre que paseaba su irreligiosidad con desenfreno bárbaro, pero más que el fondo de sus palabras escritas, me llenaba la manera grácil de escribirlas. Pudo mucho en mí su ateísmo escandaloso, mezcla de filosofía y de humorismo.
EL CONCEPTO DE ESCRITOR
Bien sé que el título de escritor o poeta es precario, casi, casi vacío, en una sociedad con voracidad de consumo. Un novelista, un cronista, un cuentista nada significan para los intereses de la economía de las urbes y de los Estados. Pero la historia nos demuestra en un coeficiente constante de espiritualidad, que no son precisamente los talentos hechos para la vida práctica y los intereses personales, si no los talentos consagrados al arte, al bien y la belleza, los que perduran con relieves definidos en la posteridad y salvan, con alas más ligeras, el trance oscuro de la tumba.
















