Es conveniente aclarar que los indígenas no adoraban a dioses, sino que ellos sencillamente le guardaban respeto veneración y culto a sus madres y padres de la naturaleza; así veneraban al padre sol, a la madre luna y a las estrellas, y le rendían adoración a ese ser creador de todo el universo, llámese Yavé (como en la religión católica), Jehová (como en la religión evangélica), o Alá (en la religión musulmana); cada uno de acuerdo a su idioma. Así, los indígenas de la Sierra Nevada lo llamaron el padre Seránkua. Los Yukpas lo llaman el padre Aponto. Los Guajiros lo llaman Mens. Los Muiscas lo llamaron Chibchacun.
Ellos representaban a estos padres a través de figuras de barro, piedra o madera, según su libre imaginación y creatividad, y con el mismo derecho que tenemos los civilizados y católicos, de representar a la santísima virgen María, al Sagrado Corazón de Jesús y a numerosos santos a los que no adoramos, sino que veneramos.
Por todo lo anterior, es una falta de respeto tratar a las imágenes creadas por los indígenas como muñecos y como ídolos, así también como tratar a los indígenas como idólatras; ellos tenían un solo dios, al cual sí adoraban, lo mismo que nosotros los civilizados, pero además veneraban y respetaban a los padres y a las madres de la naturaleza.
















