El sepelio del papa Francisco dejó en mí varias reflexiones en el plano espiritual y profesional. Marca un antes y un después en mi carrera por todo lo que representa un evento de estas características, que antes solo estaba reservado para los corresponsales de las grandes cadenas del mundo y que hoy, debido a la diversificación de comunicación, un periodista independiente como yo pudo cubrir.
Desde que llegué a la plaza de San Pedro, sabía que lo más importante era estar con la gente, palpar ese sentimiento de los fieles que llegaron por miles y que hacían una cola de 4 horas para ver al Santo Padre en su última morada. Ahí me encontré con personas de todas las nacionalidades, especialmente de Latinoamérica, que se dieron cita para despedir a nuestro papa, porque así lo sentían, cercano y muy nuestro. Vi monjas de casi todos los países del mundo, al igual que sacerdotes como Fray Guillermo Muñoz de Colombia, que hace un año sabático espiritual en Siena, una ciudad encantadora de la Toscana, y me resumió al papa Francisco en una frase: “Es la sintonía del evangelio en el hoy de la humanidad”.
Luego seguí hasta cruzar la Puerta Santa en la Basílica de San Pedro, que solo se abre cada 25 años por ocasión del jubileo. Esta vez, le dio la bienvenida a más de 200.000 fieles que la cruzaron en los tres días que estuvo expuesto el féretro. Cada vez más cerca de mi encuentro con el Santo Padre; tenía una mezcla de emoción y ansiedad. Mucha gente caminaba igual que yo, otros lloraban por lo que les causaba ver por última vez al pastor de los pobres, los inmigrantes y las minorías excluidas, como los negros y las comunidades LGTBI. Cada paso que daba en ese espacio me acercaba al objetivo, hasta que por fin llegué. Ahí estaba Francisco en su ataúd de madera, totalmente sencillo, recubierto por una tela roja. Él estaba impecable, con un rostro que parecía el de un santo y con algo que me llamó la atención: portaba sus botines viejos, dando muestras de esa humildad que lo caracterizó.
















