Especial

Luis Enrique Martínez: ¡ese es el hombre! (segunda parte)

Lo que causaba ‘El Pollo Vallenato’ al explorar su nuevo acordeón era el descubrimiento musical del continente literario contenido en el valle de Upar.

Ese don sagrado de un pueblo de crearse a sí mismo, consagrado en el mito religioso de santo Ecce Homo, creó en el tiempo el mundo mitológico del vallenato. Cuya clarividencia desbrozó con sus cantos los caminos de la juglaría e iluminó la noche que puso a salvo del diablo a Francisco El Hombre.

Esos poetas de la naturaleza no podrían mirar el mundo sobrenatural que creaban. Al igual que Leandro, si Dios le negó la vista al mar en recompensa les daría los ojos del alma para recrear un mundo que ignoraban. Era su destino náufrago en el temporal de su existencia. Se necesitaba un gentil que conociera el resto del mundo para notar las notas que visibilizaban el valle de Upar.

Se trató de Alfonso López Michelsen, cachaco de crianza y de cepa costeña, hijo del expresidente que le infundió su valor a la tierra colombiana, cuyo reflejo principesco le permitió darse sus aires por el mundo. Ya con la elegancia europea que resaltaba su alma provinciana quedó atrapado entre cantos de sirena perdido en el valle de Upar, al hacerse el primer gobernador del recién creado departamento del Cesar en 1967. Lo que resultaba inexplicable en los mentideros políticos de una aristocracia criolla levantada con nobleza papal, sembrada en los encumbrados clubes sociales del poder en Colombia.

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